Columnistas

Posmodernidad bizarra

Los medios se encargan de promover el mandamiento posmoderno de la apariencia sobre la esencia.

La Razón Digital / Carlos Villagómez

00:34 / 19 de julio de 2016

Sería atrevido describir a lo J. F. Lyotard qué condición posmoderna tenemos. Y más atrevido aún, establecer tiempos posmodernos en una formación social que ni siquiera ha cumplido los ciclos históricos de la modernidad. Pero es didáctico usar un término universal, porque reconoceremos en esta sociedad urbana señales que, por insondables razones, se han disparado a extremos delirantes. Rivera diría que es el tiempo ch’ixi, personalmente elijo posmodernidad huachafa.

No otra cosa es ver a los gobiernos central, departamental y local presentarnos en cada efeméride paceña pequeños o descomunales regalos, con nuestra plata, envueltos en papeles brillantes y moños. Ninguna de estas “dádivas” es coordinada o consensuada entre esas partes. Son sorpresas que deberían halagarnos y hacernos soñar con el progreso, y son presentes lanzados sin planificar por las justificaciones politiqueras de siempre. Es un accionar distintivo de la posmodernidad: no interesa el futuro, hay que deslumbrar en el presente.

Otra señal de estos tiempos bizarros es la devoción que se brinda a los medios de comunicación. Ellos son la caja de resonancia para propagar arengas e imposturas. Ellos deben lavar la conciencia colectiva y establecer el mandamiento posmoderno de la apariencia sobre la esencia. Ahora debes parecer, no ser. Y lees en la prensa sendas separatas que dan y muestran de “cómo y cuánto” trabajan nuestras autoridades. O prendes la tele y presentadoras, en trajes de fiesta sado-maso, te edulcoran la realidad de tal o cual personaje y sus inusitados logros. Es la sociedad del espectáculo, que hace alarde de la muerte de los grandes relatos, de aquellas ideologías que impulsaron a muchos jóvenes a dar sus vidas por un mundo mejor. Muertos esos ideales y esos seres extraordinarios, “el que no afana es un gil”. Ahora uno debe asociarse a la plata fácil, al encumbramiento social inmediato, y publicitarlo en la portada de cualquier pasquín.

La posmodernidad comenzó en la arquitectura y esta ciudad maravillosa es el lugar idóneo donde esta corriente nos tiene embelesados con engendros de diverso tipo. Es nuestra marca, dicen los agoreros; pero, ¿debemos aceptar que aquí la ética y la estética son palabras-chicles que cada quien los estira y deforma como mejor le parece?

A partir de ahora —y no por las razones raciales de una beata dieciochesca, sino ontológicas— la población verá ensayar en esta ciudad prácticas de cualquier signo cultural con la máscara de turno: revolucionaria o fascista. ¿Cuál te sienta ahora? No importa. Tampoco el compromiso político, solo sirve el ego, hacer lo te venga en gana, y mandarlo rápidamente a las rotativas y los canales.

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