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Postales de Santa Fe de Bogotá

¿Por qué se matan los colombianos? Es la pregunta que voy a disparar

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo

06:55 / 26 de febrero de 2020

Postal uno: es difícil comprar el periódico en las calles de Bogotá. Apenas hay quioscos y es más fácil adquirir sustancias ilegales que un diario para meterse un poco de tinta en las venas. En la página cinco de El Espectador leo una breve: “Asesinan a guardia indígena en Cauca”. Se llamaba Javier Girón y pertenecía a la comunidad Kiwe Tehk Kswa’w. Un hombre que vestía prendas y gorra oscura le metió tres balazos en una tienda. En Colombia matan hoy a un líder social al día, una breve en el periódico de mañana. ¿Por qué se matan los colombianos? Es la pregunta que voy a disparar.

Paseo por Chapinero, el antiguo barrio de las clases privilegiadas de la capital. He quedado con un viejo camarada de los tiempos felices de Caracas. Se llama Aaron y se apellida Corredor, como aquel gran pedalista de los años ochenta apodado Condorito. ¿Cómo se anestesiaron para soportar el horror cotidiano? “Los oligarcas en Colombia quieren ser londinenses; los clasemedieros, norteamericanos; y los pobres, mexicanos”, sentencia mi cuate, quien trabaja ahora de productor en un canal televisivo de Bogotá.

Chapinero es un barrio de contrastes con zonas para todas las letras y todos los gustos: la zona T, la zona G, la zona rosa, la zona gay, las universidades...  Y las oficinas de Millonarios, el “ballet azul” que esta noche recibe al Always Ready en El Campín. Tan pronto pasas de admirar viejas casonas de ladrillo inglés a caminar por aceras bombardeadas y cuerpos en alquiler. Sin embargo, el mayor peligro es que un ciclista a toda velocidad te lleve por delante mientras paseas impunemente por una de sus muchas ciclovías. Y, cosa rara, en el norte de la ciudad no hay perros callejeros.

Postal dos: San Librario es una de las pocas librerías de volúmenes raros y de segunda mano. Tiene dos socios: Álvaro Castillo Granada y Camilo Delgado Idárraga. Esta mañana de febrero con el sol picando en lo más alto solo está el compañero Camilo, pues Álvaro ha partido para La Habana, su otra casa. Ahí voy otra vez con mi pregunta jodona: ¿por qué se matan los colombianos? “Soy incapaz de dar una respuesta”, dice el viejo librero y calla.

Insisto y recibo unas cortas líneas que resumen largos siglos: “Soportamos la jerarquía católica más espantosa del continente, aguantamos uno de los peores centralismos del mundo, somos un país terriblemente conservador y desigual, y disfrutamos de unas gentes adorables y solidarias con una geografía maravillosa.

Tuvimos un plebiscito donde nos preguntaron si queríamos parar de matarnos.  Ganó el No. Colombia está dormida. Colombia es un espanto”. 

Camilo habla ahora de bichos. “La hiena es el animal más amoroso del planeta y las ratas tienen mala fama. ¿Usted ha visto alguna vez a una rata robándose algo? ¿Por qué se las compara con los congresistas colombianos?”. Entonces un potencial comprador entra en San Librario. “¿Tiene libros sobre serpientes?”, fusila a boca de jarro.

Camilo se levanta del sillón de lectura, se abre paso en el caos organizado de los estantes y agarra un tomo gordo: Los ofidios venenosos deI Valle del Cauca, de Evaristo García Piedrahita, un naturalista colombiano del siglo XIX. “Acá tiene su libro de culebras, señor”, responde feliz el librero. “No le diga culebra, es despectivo. Se llaman serpientes, y a pesar de despertar entre nosotros miedo y asco, son una extraordinaria fuente de remedios gracias a su veneno”. Colombia recibe siempre de su propia “medicina”.

Postal tres: en la avenida Jiménez, un gigantesco mural de Roberto Mamani Mamani alegra con sus vivos colores el paso acelerado de los funcionarios tristes. Se llama La armonía de la Pachamama. Otras “pintadas” son menos amables: “Venecos fuera”. Camino hacia la esquina donde Jorge Eliecer Gaitán muere todos los días con el sol de media mañana.

El colombiano más universal fue Gabriel García Márquez, pero el más importante fue Gaitán, algo más que un apellido. “La oligarquía no me mata porque sabe que si lo hace, el país se vuelca y las aguas demorarán 50 años en regresar a su cauce”, dijo antes de que la ciudad ardiera en la furia del “Bogotazo”. Asesinaron al “Tribuno del pueblo” y las aguas aún siguen agitadas. La última frase que leo en las paredes alerta: “Colombia despertó”.

Ricardo Bajo

es periodista y director de la edición boliviana

del periódico mensual Le Monde Diplomatique.

Twitter: @RicardoBajo.

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