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Prédica y ejemplo

‘Parece ser más acorde a la voluntad de Dios que… salgamos a trabajar en el mundo’ (F. de Asís)

La Razón / José Rafael Vilar

00:48 / 02 de abril de 2013

Los cambios que Francisco está haciendo en Roma influenciarán sobre los 1.200 millones de católicos (casi la quinta parte de la población mundial) que viven en 197 países. No son ni usar ropas simples; descartando los ornamentos renacentistas, algunos que Benedicto “resucitó” después de siglos; tampoco son sus simples zapatos negros de cordón en lugar de los papales mocasines rojos; ni la simplificación en las joyas (en lugar de oro, hierro en la cruz pectoral y plata en el anillo del Pescador); ni, incluso, los gestos bastante inusuales: pagar personalmente sus cuentas, residir en Santa Marta y no en el lujoso departamento papal, lavar los pies a menores presos (cristianos y musulmanes), viajar en bus y no en su limusina oficial. Son sus decisiones las que influirán en el mundo católico: recién elegido, adoptó el nombre de Francisco en homenaje al Santo de los pobres; escogió como lema “Miserando atque eligendo” (“Lo miró con misericordia y lo eligió”); y en el balcón de San Pedro, pidió a la multitud que ore por él antes de bendecirla, lo que ejemplificaba su humildad. Al día siguiente, envió a clausura al cardenal norteamericano Law (encubridor de sacerdotes pederastas en EEUU), demostrando que sería implacable con los abusos dentro de la Iglesia, y (entre otros) cuando basó su primera homilía luego de su elección en los conceptos de “caminar, edificar y confesar”, fijando las dimensiones pastoral y de compromiso de la labor de la Iglesia.

Francisco es un papa del tercer mundo, latinoamericano, comprometido con el diálogo interconfesional dentro del cristianismo y fuera de él, que ha vivido y vive la pobreza, que busca recuperar la misión que un hombre recibió hace nuevo siglos, cuando oraba en una iglesia en ruinas en Asís y oyó que Cristo le dijo: “Ve, Francisco, y repara mi Iglesia”. Un pastor destinado a limpiar la Casa de corruptos y pecadores (unos pocos que maculan la labor de muchísimos) y regresarla junto a los humildes sin duda será un referente importante para una región con fuertes antagonismos y necesitada de firmes liderazgos conciliadores. Éstas serán sus primeras tareas, pero no menos urgentes estarán las doctrinales: entre muchos otros, discutir sobre el celibato y la ordenación femenina, oír las voces “disidentes” y democratizar la Iglesia como antes la abrió el concilio Vaticano II, acercándola a sus corderos de hoy.

Una reflexión más: días atrás, intercambié opiniones con conocidos que mencionaban que el cristianismo (el catolicismo en particular) es tristeza. Cabe aclarar que en realidad el cristianismo es amor, como enseñó Cristo; y el amor es alegría, como escribió San Pablo; pero llegar a ese amor y a esa alegría puede pasar por la tristeza. Es como cuando nace una criatura que, para llegar a la alegría del alumbramiento, la mujer sufre los dolores del parto, pero ese dolor tan grande lleva a una alegría aun mayor, que es el mejor ejemplo de amor. Feliz Pascua de Resurrección.

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