Columnistas

Primer hervor

Aquí me tienen, ya varios años, compartiendo con ustedes que me honran con sus sonrisas.

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:49 / 14 de junio de 2015

Un hombrecillo, con cara de rata, se acercó y me dio un empellón. No tuve tiempo de defenderme. Estaba conversando con un amigo en una calle de Sopocachi y apareció este individuo, que muy molesto empezó a reclamarme porque escribía como lo hacía y porque estaba tocado con un sombrero de chuta en el encabezamiento de mi columna, que en esa etapa se titulaba El Sonámbulo. No era el primer problema que enfrentaba por escribir, dibujar y pintar con este tipo de individuos turbios y toscos.

Nuestro reclutamiento de columnista se remonta a la etapa de la dictadura de García Meza, cuando Eliodoro Ayllón, exiliado boliviano, poeta y periodista, me dio la oportunidad. Eliodoro fungía como jefe de la página económica del matutino quiteño El Comercio, y sabía de mis afanes con la escritura. No era frecuente mi colaboración, porque el Colegio de Periodistas peruano me pidió credencial de afiliado, así mi carrera fue fugaz, pero el gorgojo ya había penetrado hondamente.

Una vez retornado al lar que me vio nacer y en el que morí una vez, apareció el periodista Gonzalo Araúz, con su singular manera de caminar (como oso feliz), y una tarde me dijo, con su inconfundible voz de Darth Vader: —Oye chino, por qué no escribes sobre arte y otras cosas. Recuerdo a monseñor Quirós, director de la página literaria del extinto matutino Presencia, cuyas habilidades culinarias eran comentadas por su círculo de amigos que ponderaban excesivamente sus virtudes. Él sabía de mi debilidad por el dibujo y la poesía, así es que me alentaba con sus comentarios. Le gustaba compartir con sus amigos y demostrar sus conocimientos de culinaria mediterránea: en medio de una tonada indescifrable que canturreaba, separaba una generosa cantidad de mantequilla, la derretía a fuego lento, luego espolvoreaba albahaca, orégano, perejil y al final fritaba los langostinos, en tanto seguía canturreando y silbando. Para cocinar usaba, en vez de mandil, un viejo impermeable Perramus, que lo asemejaba a un dálmata por sus innumerables salpicaduras. En tanto sus invitados nos apresurábamos a degustar sus vinos de exquisita factura. En las sobremesas pasé unos cursos acelerados de literatura, periodismo, política y gastronomía. Nunca se hablaba de religión, como podíamos suponerlo.

En muchos momentos de nuestra agitaba vida siempre estuvimos vinculados a los medios escritos: el Semanario Aquí, gracias a las afinidades ideológicas con René Bascopé, desaparecido trágicamente y tontamente. Fundamos y fundimos la revista de humor político La Taba, con escritores y artistas plásticos, solo para sacar nuestros demonios que las dictaduras habían propagado en nuestras mentes y corazones.

Pasado esos berrinches terapéuticos, colabore alguna vez con el Juguete Rabioso, que dirigía Walter Chávez, y en otras publicaciones que aparecían como cometas y se perdían en el espacio dejando una imperceptible centella. Y fue Edwin Herrera quien me invitó a ser parte del equipo de columnistas de La Razón, y aquí me tienen, ya varios años, compartiendo con ustedes que me honran con sus sonrisas y ceños fruncidos.

Es decir que una larga caminata de aprendizaje viene por detrás de estos afanes, y sin que tenga conciencia clara de que el reloj ha comenzado la cuenta regresiva, me percato que estoy dentro la tercera edad y mi primer hervor; pero de contarles sobre eso me encargaré en otra ocasión, lo que sí puedo decirles es que nunca en mi vida recibí un piropo más grato que cuando al hombre rata que me agredió le dije: —Si no le gusta lo que escribo y mi sombrero de chuta, no me lea, y punto. Entornó sus ojillos y, resignado, me respondió: —Es que no puedo.

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