Columnistas

Privacidad, tres punto cero

La privacidad está sobrevalorada (y tiende a desaparecer en este mundo ‘orwelliano’)

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

03:52 / 24 de junio de 2015

Tres: en Medellín, el teleférico se llama Metrocable. Y conecta el centro de esa hermosa ciudad colombiana con la Villa Sudamericana (que albergó a los deportistas de los Juegos Odesur 2010). El viaje dura unos doce minutos y sobrevuela la mítica Comuna 13, uno de los barrios que cobijó en los 80 a la pandilla de Pablo Escobar y compañía. Pasar por encima de las cabezas, calles y tejados de este barrio batallador es una invitación inevitable al voyeurismo y... una experiencia de miedo, pues parece que en cualquier momento algún paisa te va a tumbar la cabina de una pedrada justa y vengativa. Eso en el mejor de los casos: durante los Juegos, la selección peruana de fútbol Sub-17, los “jotitas”, se vio inmersa en el medio de una balacera apenas metros por debajo de sus pies temblorosos entre bandas rivales de la Comuna 13.

Cada vez que me subo al teleférico en La Paz, me pasan dos cosas: me quedo atontado viendo desde las alturas la belleza majestuosa del Tata y la hoyada, y renace mi (nuestra) manía enferma por espiar (y saber de) la vida de los otros. Que levante la mano la persona que no goza viendo cómo cuatro cuates hacen una parrillada en el tejado de su casa un sábado por la tarde, o cómo sale la señora a colgar ropa un domingo en la mañana. ¿Es esto un atentado a la intimidad? ¿Una alfombra roja, amarilla y verde para meterte en casa ajena, último y refugio de nuestra inviolabilidad? Creo que sí. ¿Hay que ponderar el bien común por encima de estas constantes invasiones curiosas?

Depende. ¿Según cómo se mire, todo depende? No, depende de dónde viva usted. Si tu casita o “depto” de toda la vida está en Miraflores y dentro de poco voyeuristas en cabina (como tropa de turistas japoneses saca-fotos) van a desfilar constantemente delante de tu ventana, el bien común del teleférico te chupa un huevo. La privacidad está sobrevalorada (y tiende a desaparecer en este mundo “orwelliano”). Somos todos esclavos de las miradas ajenas.

Punto: la privacidad pasó de moda. Los teléfonos “inteligentes” llegaron no para facilitarnos la vida, sino para complicar, para joder(te). Somos más neuróticos, más obsesivos, más controladores, estamos más vigilados (y desasosegados) que antes. En Hombres, mujeres y niños (película de Jason Reitman), una madre controla policial e inquisitoriamente todos los mensajes y llamadas del celular y redes sociales de su hija adolescente para “protegerla, por su bien”. Su privacidad desapareció y no necesitó del teleférico. La changa se refugia en los libros, un artefacto antiguo que no genera sospechas en la incauta madre. Qué lejos quedan aquellos tiempos en que un acto subversivo de nuestra adolescencia era robarse de alguna librería un Trópico de Cáncer cualquiera. Éramos menos esclavos, ¿no ve?

Cero: la Federación Boliviana de Fútbol es un ente (que fea palabra) autónomo y privado. Y sus maletines también son privados. No debía cuentas a nadie ni a nada. Hasta ayer. ¿Por qué la noticia del arribo de Carlos Chávez a Santiago al inicio de la Copa América con un maletín con diez veces la cantidad de plata permitida ha pasado desapercibida en Bolivia? ¿Por qué las revelaciones del “confidente X” sobre los miles de dólares recibidos como soborno por Romer Osuna —extesorero de la Conmebol y expresidente de la FBF— han sido ignoradas por algunos medios escritos bolivianos? La mafia insulta y te bloquea en las redes sociales; compra silencios y complicidades; te paga los viajes, los lujos y las bacanales para mantener a buen recaudo sus matufias “privadas”. La privacidad del fútbol entona su canto de sirena. La pelota (ahora manchada) es de todos y todas. Algún día (cercano) dejaremos de ser esclavos de estos sátrapas... o moriremos antes.

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