Columnistas

Problemático y febril

 ¿Cómo mantener la calma y la esperanza en este siglo XXI? Quizá debemos insistir en mirar lejos

La Razón / Carmen Beatriz Ruiz

00:31 / 14 de diciembre de 2011

Esa era la calificación del siglo XX, según el tango Cambalache. Así quedó establecida una simbología casi universal para muchas generaciones, incluso para quienes  festejamos la llegada del siglo XXI y, desde entonces, andamos precariamente a caballo sobre ambos. Sin embargo, la fiebre del pasado siglo veinteañero parece haber saltado, corregida y aumentada, al nuevo, que en su andadura de una década no ha dejado de dar sorpresas.

Éstas comenzaron en el norte de África, cuando en enero de este año que ya se va, en Túnez se inmoló un vendedor ambulante, angustiado por su precaria situación económica, dando lugar a un imparable movimiento de protestas que alcanzó su punto crítico con el cambio de gobierno. Siguió Argelia y se precipitó  una situación con características aún más graves en Egipto. El mes siguiente, en Libia, la protesta terminó en guerra civil, después fue Yemen y siguió Siria en marzo. La primavera árabe en un primer trimestre de infarto.

En Egipto y Túnez fueron derrocadas dos dictaduras de larga data. En Israel, los indignados ocuparon de tope a tope una de las avenidas principales de Tel Aviv, gritando consignas sobre igualdad, oportunidades y críticas al sistema político tradicional y conservador que lleva, entre cosas, el inacabable proyecto de la disputa con Palestina. Meses después en Libia cayó Gadafi. 

Luego vino Europa y sus crisis, la financiera y la política; Italia y Berlusconi, Francia y Sarkozy; Grecia en quiebra. En España llegaron a hablar de adelanto de elecciones. Estallidos sociales en París y Londres, los ‘indignados’ en España, Grecia y Alemania. En la pacífica Noruega se vivió un asesinato masivo protagonizado por un simpatizante nazi.

Finalmente se mostraron las ficciones del euro y la Unión Europea, y la falta de empleos para jóvenes, contracciones de los subsidios, países ricos pensando sólo en cómo evitar el déficit mientras les pagan sus deudas a los bancos y transnacionales.

En Estados Unidos, el “dólar agujereado”. México “gime diariamente por las horrorosa suma de 50 mil muertos por la violencia criminal del narcotráfico en menos de cinco años” (Carlos Fuentes). En Chile, una movilización estudiantil masiva puso en jaque a un presidente exitista que se niega a ver la realidad y los agujeros de un sistema que en casi 30 años de democracia no puede responder para ofrecer mejores oportunidades a los contingentes de jóvenes que las demandan.

Al mismo tiempo, el mundo se achica en dimensiones de conectividad inalámbrica. Podemos comunicarnos a través de Skype, Facebook, Google, LinkedIn, Twitter, Ipad, Iphone. Elegimos mujeres para dirigir naciones. Grandes contingentes de poblaciones migrantes se mueven en varias direcciones, generando riquezas, pero también racismo y xenofobia.

Nos podemos enterar de todo. Vemos en vivo y en directo guerras, desastres y otros espectáculos glamorosos y horrendos. Pero persisten dramáticas diferencias y exclusiones. ¿Cómo mantener la calma y la esperanza? Quizá debemos insistir en mirar lejos. Quizá el mismo tango nos lo puede decir.

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