Columnistas

Profetas y cambio en Sudáfrica, ¿y Bolivia?

¿Por qué aún no logramos transitar de serruchar al otro distinto hacia el ‘convivir bien’?

La Razón (Edición Impresa) / Xavier Albó

00:00 / 22 de diciembre de 2013

Ya ha corrido mucha tinta tras la muerte de Mandela a sus 95 años, incluyendo 27 en la cárcel, mayormente en una celda de 3x3 metros, más trabajos forzados. Empezó con la no violencia a lo Gandhi (que vivió antes en Sudáfrica), pero después de la brutal matanza de Sharpeville en 1960 se pasó a una lucha armada, moderada si la comparamos con otros países; hasta que en 1963 fue detenido y condenado a cadena perpetua por “sabotaje”. Su estrecha amistad con Fidel Castro se remonta a aquellos años en que Cuba apoyó vigorosamente varios procesos africanos de liberación. En esos 27 años en prisión, junto con otros encarcelados por la misma causa, mucho maduraron su propuesta. Resaltaré tres puntos.

Primero: nada de apartheid ni para los negros ni para los blancos (como había propuesto el penúltimo presidente blanco Botha). El primer arzobispo anglicano negro, Desmond Tutú, quien recibió el premio Nobel de la Paz en 1984, mientras Mandela seguía preso, resumía así la Buena Nueva: “¿Estás contra el apartheid? Eres cristiano, cualquiera que sea tu religión formal. ¿Estás a favor del apartheid? No eres cristiano, aunque estés bautizado”.  

Segundo (concertado con Frederick De Klerk, con quien compartió el Nobel de la Paz en 1993): Ese país multirracial debe ser para todos, con elecciones igualitarias. En ellas se impuso la inmensa mayoría negra, pero la minoría blanca (9% del total pero dueña de casi toda la riqueza) fue respetada al igual que otras. Se evitó a toda costa una guerra civil como las que seguían asolando a países vecinos. Confió a Tutú la Comisión de la Verdad y Reconciliación sobre los delitos del apartheid, y todo quedó plasmado en la nueva CPE de 1996.

Comentaristas avezados no ven una conversión del primer Mandela no violento al segundo de la lucha armada y al tercero de la reconciliación, sino su pragmatismo dentro de “el arte de lo posible” como suele definirse la política: otra cosa es con guitarra. Todo ello vino marcado por símbolos como nombrar su primer vicepresidente a De Klerk; llamar a su lado, en el acto de posesión, a quien había sido su carcelero; o el principio africano del ubuntu (“yo sólo puedo ser yo a través de ti y contigo”), comparable a nuestro suma qamaña —(con)vivir bien—.

Tercero: solo fue presidente un periodo (1994-1999). Al concluir  ya tenía 81 años y optó por pasar el poder formal a gente más joven, con un resultado ambiguo. Sudáfrica ha sido admitido como el quinto país del emergente BRICS (con Brasil, Rusia, India y China). Pero a la vez su tercer sucesor, Zuma (2009-), fue muy silbado durante las celebraciones de esos días, quizás porque el poder económico sigue muy concentrado en la minoría blanca con una abismal diferencia social interna, aparte de otros graves problemas, como el sida (enfermedad que causó la muerte de uno de los hijos de Mandela).

¿Y en Bolivia? Sin haber sufrido un apartheid tan descarado, ¿por qué aún no logramos transitar de serruchar sistemáticamente al otro distinto hacia  el “convivir bien”? Los actuales acercamientos del MAS hacia sectores poderosos del oriente, mientras se serrucha y divide a los pequeños más débiles (como la Cidob y Conamaq), ¿son simples cálculos preelectorales para mantenerse en el poder? A la luz de la actual Sudáfrica, ¿será mejor mantenerse más tiempo en el poder (Evo tiene ahora 54 años)? ¿Qué prioridad damos a preparar nuevos líderes? ¿Por qué, en el fondo, el viajero Evo no fue a despedir a Mandela?

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