Columnistas

Progreso, llave en mano

La búsqueda frenética del desarrollo no calcula los costos sociales, materiales y ecológicos

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Komadina Rimassa

00:02 / 20 de noviembre de 2014

El proyecto de construir una planta de energía nuclear en Bolivia ha suscitado una suerte de euforia desarrollista entre algunos sectores de la población. Este entusiasmo ofrece nuevas pistas para pensar en el desarrollo como el mito constitutivo del capitalismo. Así, he escuchado decir a personas inteligentes, expertas y profanas en la materia que esa iniciativa nos convertirá súbitamente en una potencia energética mundial y, por ende, en un país de alto desarrollo. Me temo que tal percepción no es atípica; es una marca del sentido común contemporáneo considerar que las tecno-ciencias son el artilugio mágico para resolver todos los problemas del presente.

El sueño tecnológico ejerce sobre nosotros una fascinación irresistible que deriva de sus promesas de crecimiento económico infinito, seguridad energética y bienestar para todos. No es casual que uno de los argumentos invocados para justificar ese proyecto sea la conciliación imaginaria de las expectativas industrialistas con las demandas de una economía ecológica; no en vano se dice que la energía atómica es la más “limpia” y sostenible de todas.

El progreso no solo se presenta como dominio de los hombres sobre la naturaleza, su poder de seducción radica también en la promesa de un tránsito progresivo de formas sociales y políticas simples hacia formas superiores, caracterizadas éstas por el empleo generalizado de altas tecnologías en todos los ámbitos, particularmente en la producción de energías.

Este prejuicio colectivo resuelve automáticamente todos los obstáculos que podrían presentarse en la construcción de un reactor atómico: los costos financieros, las prioridades, los estándares de seguridad, las dificultades para obtener y gestionar el material fisible y los residuos radiactivos, la calidad de recursos humanos... La búsqueda frenética del desarrollo no calcula los costos sociales, materiales y ecológicos necesarios para edificar las máquinas del futuro. 

Esas visiones desestiman no solo la amenaza de los desastres ecológicos del capitalismo, sino también de las relaciones de poder, los intereses de las empresas que proveen altas tecnologías llave en mano, las desigualdades sociales y el funcionamiento real de la economía capitalista; prescinden en su visión del cambio de los modos de vida y de los problemas de la gente.

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