Columnistas

Puentes y poemas

Los puentes y los ríos también son metáforas, y aunque no se parecen en nada, son inseparables

La Razón / Fernando Mayorga

00:01 / 03 de febrero de 2013

Los puentes y los ríos también son metáforas, y aunque no se parecen en nada —unos, pétreos e inmóviles; otros, fluidos y cambiantes—, son inseparables, incluso cuando el río es fugitivo (dixit Edmundo Paz Soldán), como en Cochabamba.

En mi infancia no me gustaban los puentes, debo confesarlo. Porque eran la única manera de cruzar las temidas fronteras para ir más allá de la ciudad, aquella circunscrita al viejo casco urbano, a los alrededores del céntrico “pasaje del diablo” que alumbró mi niñez. Había que cruzar el puente de Cala Cala para ir al estadio los domingos de fútbol. Era un viaje inevitable, además jugaba el Aurora, no era poca cosa. También se cruzaba un puente para ir de visita campestre con rumbo a Quillacollo; y para hacerlo se tenía que abordar un auto grande, de esos que vendrían a ser los ancestros del trufi-combi con un nombre alucinante: “rapiditos”.

Por entonces no sabía nada de aquello de que “todo lo que es sólido se desvanece en el aire”, pero ese nombre (ya perdido en el tiempo) me inquietaba, porque “rapidito” no designaba su velocidad, sino la idea de un dominio sobre el tiempo para ampliar los minutos dedicados a la vida bucólica en los valles cochabambinos. Y entonces, cruzar el puente de Quillacollo a bordo de un “rapidito” con una lentitud digna de El pasajero, de Albert Camus, era más metafísica que excursión.

No me  acuerdo de otros puentes en otras ciudades. En México llaman puente a un feriado que se concatena con el fin de semana, y provoca algo análogo a una huelga general indefinida; es decir, todos saben cuánto tiempo dura, que todo es posible en su transcurso y que subirán los precios de los alimentos.

Me gustaba cruzar un puentecito en Chimalistac pero no tenía río. Tampoco tiene río aquel hermoso puente de piedra en Tarata cruzado, seguramente a galope, por Mariano Melgarejo. En la jerga política se usa el vocablo “tender puentes”, como si fueran sábanas, anticipando un acto pecaminoso, y tuvo cierta fama aquello de “cruzar ríos de sangre” de los miristas de entonces (ahora siguen jugando con las palabras, pero sólo en crucigramas) a pesar de que la imagen del puente no era pétrea, era tétrica.

Hoy recorro París y el río suena, y los puentes sobre el río Sena son más que un emblema. Algunos son de ficción, como los que recorre la Maga, el alucinante personaje de Rayuela. Otros son testigos de muchas historias, como el puente Mirabeau, escogido por los poetas. Paul Celan saltó de sus columnas para sumergirse en las aguas después de hojear un libro de otro poeta, Holderlin. Y Guillaume Apollinaire puso en tinta estos versos: “Bajo el puente Mirabeau corre el Sena/ Y nuestros amores/¿Es necesario recordarlo?/ La alegría viene siempre trás la pena/ El amor se va como esta agua que corre/ EL amor se va/ Lento como la vida/ Y violento como la esperanza/Cae la noche, suena la hora/ Los días se van, yo me quedo.”

Y el propio Celan escribió un     poema dedicado a su amiga Marina Tsvetàieva, que se suicidó en el río Oka, pensando, quizás, en su propia muerte: “Del reborde/del puente, de donde rebotó/del otro lado hacia la vida, vuela/con heridas desde/ el puente Mirabeau/Donde el Oka no fluye/ ¡Et quels amours!”.

No me gustan los puentes, pero no es por culpa de estas historias. Por eso recorro sus contornos por los bordes del río Sena. Por eso fui a buscar el cuarto que habitaba Paul Celan a 100 metros del puente Mirabeau, que está frente a otro puente adornado con la auténtica Estatua de la Libertad, y quizá Celan la vio antes de tomar su decisión ya tomada. Estuve ahí para sentir la brisa que congeló su rostro, y para contarle al Cachín Antezana sobre los colores grises que rodearon al poeta cuando iba hacia el puente Mirabeau aquella noche del 19 de abril de 1970. (30 de enero, París, 2013).

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