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¿Puno viene de impune?

En Puno se toman por atraco casi todas las coreografías de Bolivia: kullawa, toba, awatiri, wacawaca...

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

00:23 / 19 de noviembre de 2014

Hacia 1955, el orureño Raúl Shaw Moreno creó con Los Peregrinos una canción para la diablada: “Diablos al Socavón, que allí esperando está, la reina de Bolivia para darnos su bendición”, cantaba, y culminaba con una cacharpaya, huayño en pandilla, para aflojar la rigidez coreográfica de esa danza: “Linda Chinasúpay, que sabes hechizar con tus diablos y cargamentos, riquezas de mi tierra…”.

Tremendo disgusto que nos causó, en los años 70, cuando ese canto apareció con la letra retorcida: “Puno, Puno, Puno, que sabes hechizar con tus diablos y cargamentos      (…)” y con el descaro: “(…) la reina Candelaria para darnos su bendición”.

A la dictadura de Banzer no le interesó protestar por ese y otros plagios (incluso en Chile) y el atraco contra la cultura boliviana siguió sus rutas. Ahora, la Fiesta de la Candelaria de Puno es un grotesco exhibidor del plagio vil y servil de casi todas las danzas tradicionales del Carnaval de Oruro y la entrada del Gran Poder de La Paz. Allí aparecen en febrero caricaturizados, sin justificación ninguna, muchos bailes nuestros que tienen raíz en la historia.

¿Cómo está eso de que la morenada es una danza salida del Titicaca y que sus pesadas figuras con prendas de plata y cadenas son “pececitos culebreando” en las orillas del lago? La historia boliviana afirma que esa danza rememora el drama de los negros de los Yungas, encadenados por los argenteros coloniales, caporales, para subir a latigazos la cuesta del sorojchi hasta las minas de Potosí. Por eso las máscaras de ojos desorbitados, la lengua salida hasta el pecho y el trac-trac de las cadenas en la matraca.

¿Que el tinku es una recreación de las guerras entre indios puneños de Chucuito? ¿Acaso no es el ancestral rito de encuentro violento de laimes y jucumanis en el norte potosino? Al respecto, el grupo Tinkus Porteños (sic) de Puno se exhibe en un video bailando a pie forzado con el disco T’una papita de Los Kjarkas y luciendo atavíos hechos por bordadores paceños con el Illimani tejido en los sacos.

La Candelaria de Puno, cierto, no es plagio de la ídem de Oruro. Pero son trascendencias diferentes. La orureña fue aclamada señora de la luz por los mineros de la Colonia al emerger de la oscuridad de los parajes de la plata. Si en los socavones de Wari, numen de las tinieblas, los mineros encargaban su suerte al Tío (hermano díscolo de la Pachamama), ya afuera y arriba, en las q’anchas (espacios de luz solar), se asumían devotos de la Virgen luminosa con la gratitud del Resucitado. Oruro es uru uru (plural aymara de la claridad) y los presos del waricatu bailaban su libertad. Por eso la diablada es danza de vivos colores y mucha energía al mando del arcángel Gabriel y el amparo de la Virgen del Socavón.

En Puno se toman por atraco casi todas las coreografías de Bolivia (kullawa, toba, awatiri, tarabuqueño, wacawaca, saya, caporal, etceterapiña). Hemos escrito que el caporal “es hijo de la saya y el moreno sin pecado original” y Rolo Malpartida le puso música con la banda municipal de Cochabamba. Ojalá y esa versión no acabe también apunada a la mala. Pero, vaya, es tan enjundiosa la tradición folklórica boliviana que la imitación que se hace de ella es fantochería carnavaleada, pedante si aspira a copiar también la declaración de obra maestra del patrimonio oral e intangible de la humanidad que mereció el Carnaval de Oruro en mayo de 2001. Si eso se logra en Puno impune, truchamente, habrá que diferenciar Unesco de un asco.

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