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Puntos de encuentro

Si lo desea, el hombre puede acercarse y mantener una comunión con Dios

La Razón (Edición Impresa) / Alejandro F. Mercado / La Paz

23:08 / 20 de mayo de 2016

Siempre me he preguntado cuáles son los puntos de encuentro entre nuestra naturaleza humana y nuestra gracia de ser partícipes de la naturaleza divina de Dios. La respuesta definitivamente está en Jesús. “Somos hechos participantes de Cristo y del Espíritu Santo” (Hebreos 3:14, 6:4). Sin embargo, ¿dónde podremos encontrar aquellas bisagras que nos permitan entender nuestra naturaleza humana articulada a nuestra fe? Les invito a reflexionar sobre este trascendental tema.

Y dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó” (Génesis 1: 26,27)

Cuando el Génesis se refiere al hombre a imagen de Dios no se refiere a una semejanza física, se refiere a que el hombre tiene un alma espiritual, como lo dice el Evangelio: “Dios es espíritu; y a los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren” (Juan 4:24). De allí que el hombre puede mantener una comunión con Dios, es decir que es capaz, si lo desea, de acercarse al Padre. En palabras de Santa Catalina de Siena: “Por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de gustar tu bien eterno”. Para cumplir este cometido, Dios le infunde al hombre, por gracia, tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad.

La otra cara de la medalla es su naturaleza humana que, aunque no reconoce virtudes intrínsecas, se basa en los derechos que por su naturaleza le vienen dados y que solamente serán reconocidos cuando se pasa del estado de naturaleza a la sociedad civil, cuyo fin último es garantizar estos derechos. De acuerdo con John Locke, éstos son el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad.

¿Dónde convergen ambas realidades del hombre? En la libertad, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza”; o, en palabras del papa León XIII: “(Es) el bien más noble de la naturaleza, propia solamente de los seres inteligentes, que da al hombre la dignidad de estar en manos de su propia decisión y de tener la potestad de sus acciones”.

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