Columnistas

Puré de papas

Una idea fuerza dominaba el Concilio: devolver a la Iglesia Católica el rostro de la Iglesia de los pobres.

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

04:01 / 24 de febrero de 2013

Entre los grandes aportes a la gastronomía mundial de nuestro continente está la papa, cuyas múltiples variedades salvaron vidas entre las guerras europeas. Sin embargo, ése no es mi tema, sino otro ya muy manido por la noticia de la renuncia del papa Benedicto XVI, y que fuera adelantado por el cineasta italiano Nanni Moretti, en su premonitorio film Habemus Papa, de 2011.

El Papa renunciante, cansado del “egoísmo, la hipocresía y divisiones en la Iglesia, “decidió “ocultarse del mundo”. ¡Qué interesante manera de enfrentar la crisis! Todo esto empezó en el Concilio de Nicea (364 d.n.e), cuando el emperador romano Constantino calculó que su imperio se venía abajo, y promovió el Concilio, cuyos participantes divinizaron a Jesucristo y lo apartaron de los hombres comunes. Esta jugada política permitió prolongar el Imperio por unas décadas y eliminar a Arrio y a sus seguidores, que negaban la doble naturaleza de Jesús: divino y humano. Así se legitimaba el cristianismo como parte del imperio Romano y se instrumentalizaba el dogma cristiano en favor de sus intereses.

Las interminables digresiones sobre su doble naturaleza, de reformador social en su condición de hombre y líder espiritual en su condición de hijo de Dios, produjeron controversias que provocaron disensiones entre Estados que buscaban salvaguardar intereses económicos y hegemónicos. De esta manera se asentaron enclaves culturales que consolidaron los valores de la sociedad Occidental, cuya influencia tiene aún una fuerte connotación conservadora, que se atrinchera en dogmas que hacen descollar al Cristo teológico, creado en el Concilio de Constantinopla en 381, convocado por el emperador Teodosio para seguir combatiendo a los irreductibles arrianistas.

Así empieza la etapa tridentina que duraría hasta el Concilio de Vaticano II, de hace apenas 50 años; olvidada y hasta (valga la licencia) satanizada por monseñor Lefrevre, que, perdido en el tiempo y en el espacio, pretendía que la liturgia siga en latín y de espaldas a los fieles, y que continúe la estructura piramidal, en cuya cúspide estaban el Papa, los obispos y sacerdotes; y en la base, los laicos.

A decir de Víctor Codina, “Es desigual: unos pocos enseñan, mandan y celebran; los demás obedecen, aprenden, rezan, callan y pagan... La iglesia es el Papa, el obispo, el sacerdote... Es una iglesia unida al Estado, que la protege y ayuda... Se es cristiano por tradición, antes que por convicción”. En el caso boliviano esto ha cambiado radicalmente. El Estado ahora es laico y acepta la práctica de todas las expresiones religiosas sin exclusión.

Las guerras europeas produjeron en el interior de la Iglesia nuevas maneras de acercarse y pensar a Jesucristo, como el fermento del Concilio de Vaticano II,  que modelaba Teilhard de Chardin desde una visión evolucionista del cosmos, que posteriormente abriría un nuevo camino, con la Teología de la Liberación y los curas obreros y guerrilleros.

Angelo Giuseppe Roncalli, de origen campesino pobre, reemplazó a Pío XII en 1958, y al año siguiente convocó al Concilio Ecuménico que debía completar lo que el Vaticano I (1870) dejó inconcluso. El Papa buscaba el aggiornamiento de la Iglesia, ponerla al día con el mundo, abrir las ventanas del Vaticano para que un aire fresco ingrese y sacuda el polvo acumulado durante siglos. Una idea fuerza dominaba el Concilio: devolver a la Iglesia el rostro de la Iglesia de los pobres. En octubre de 1962, al inaugurarse el Concilio, Juan XXIII dijo que deseaba abrirse al mundo moderno y a todos los cristianos, ofrecerles el mensaje renovado del Evangelio. Ahí estamos ¿Dónde quedaron esas intenciones? Son 50 años de olvido que parecen cinco siglos.

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