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Querencia

Querencia es ese apego hacia la ciudad donde iniciamos este camino absurdo que llamamos vida

La Razón / Carlos Villagómez

01:49 / 25 de junio de 2013

Para el tema del presente artículo utilizaré, sin alusión alguna, a las corridas de toros. Cuando sueltan al toro en el ruedo (que es un no-lugar o un sitio sin referencias ni orientación), éste se dirige involuntariamente a su querencia, al espacio que su instinto desea o al territorio que su esencia reclama.

Como esa bestia a punto de ser inmolada, nosotros también tenemos una querencia, que está en una zona intermedia del alma donde se reúnen conciencia y sentimiento. Ese apego humano es hacia el sitio que nos vio nacer: a la ciudad donde iniciamos este camino absurdo que llamamos vida. Creo que nadie se escapa de esa marca, y menos aún los nacidos al amparo de la fuerza de la montaña. Siempre porfío en que somos hijos de la montaña, y por ello, somos una categoría especial de seres humanos.

Con esa marca en el corazón, me cuesta entender cómo algunos jóvenes se declaran ciudadanos del planeta o habitantes de la red, y se creen tan universales que no viven en la esencia de la montaña que tanto exaltaba Diez de Medina en Nayjama. Tampoco puedo entender cómo algunos amigos o familiares que nacieron en esta tierra tan potente y misteriosa sientan una arrebatada fascinación por otros sitios del planeta o de este país. No admito que elogien otras ciudades apelando a un culto exacerbado de la acumulación material por encima del hombre y su sitio.

Me disculpan pero no puedo evitarlo. Me duele y enerva ese menosprecio a nuestra Pachamama que presumen algunos hijos de la montaña. A ellos les recuerdo que mirarse en el espejo del otro es el signo más elocuente de pobreza de espíritu y de baja autoestima. A ellos les digo que no pueden construir su vida comparándose con otros, porque tendrán la mortificación y el descontento tan propio de los desarraigados. Pueden sumar París, Nueva York, Santiago y cualquier ciudad boliviana y jamás serán lo que este pueblo significa para mí. La querencia, al igual que el amor entre personas, es irracional e irreflexiva. Es un completo sinsentido pero es el más bello arrebatamiento. Por ese sentimiento conservo, como muchos de nosotros, una loca pasión por esta ciudad.

Vuelvo al ruedo para rematar la faena. Al final de la corrida cuando el toro está mortalmente herido, trata de regresar, para desplomarse, a la querencia del inicio. Creo que todos también ensayaremos ese retorno. Cuando el estoque te rompa el alma y estés por partir, se despertarán las querencias más profundas de la existencia humana: tu familia y tu sitio. Con ellos, velando tu último suspiro, sentirás cómo tu ajayu retorna al suelo natal y percibirás cómo la montaña lo acoge y perdona. Remato recordando a los “collas-come-collas” que los achachilas son magnánimos y jamás fueron rencorosos con los malquerientes.

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