Columnistas

¿Quiero ser Ricky Martin?

Ricky Martin es un buen referente para reflexionar sobre quiénes somos los bolivianos

La Razón (Edición Impresa) / Andrés Mallo

03:43 / 07 de julio de 2015

En el afán de analizar a Ricky Martin, me nace la siguiente pregunta: ¿quiero ser ese ícono de la cultura popular latina? No es que quiera cuestionarlo, me permito analizar, a través de él, las interrogantes acerca de quiénes somos y quiénes queremos ser las bolivianas y los bolivianos en esta construcción profunda de identidad que hoy buscamos forjar.

Este ícono de la cultura popular es un buen referente para reflexionar sobre quiénes somos y a dónde queremos ir. Su éxito viene de la mano de la fórmula “fama y fortuna”, estructurada por la industria de la música, que le permite acceder a círculos de poder y del consumismo propio de la era en la cual vivimos. Y por si ello fuera poco, este sistema le ha permitido ser mundialmente conocido por los medios de comunicación, moda y redes sociales; teniendo en sus cuentas de Facebook, Twitter, etc. a miles de seguidores (hombres, mujeres, adolescentes, niños y niñas). Por otra parte, Ricky Martin, quien tiene dos hijos concebidos en un vientre de alquiler, se declaró recientemente gay ante la opinión pública. Es, sin duda, exitoso, carismático y goza de una apariencia casi perfecta, según el canon de la corporalidad occidental.

¿Pero, quiénes somos las y los bolivianos? Somos de origen mestizo, en el país existen 36 etnias indígenas reconocidas por la nueva Constitución Política del Estado; también somos una nación en desarrollo y tenemos un Presidente indígena. Todo este contexto nos confirma una gran diferencia con los estereotipos e identidades que nos llegan de manera constante en imágenes, películas, revistas, etc.

Por otra parte, es común escuchar que el machismo y el patriarcado son una característica fundamental de nuestra cultura boliviana y latina, internalizada en especial entre los varones, pero también en las mujeres. La cultura de imposición y violencia está tan interiorizada en nuestros contextos que se complica una lectura desde los derechos o para encontrar espacios de diálogo, y en general el contexto se encuentra viciado. No hay necesidad de comentar sobre los contenidos sexistas y machistas en las acciones, posturas o conversaciones que ocurren cotidianamente en los espacios públicos; los pasillos de colegios, universidades y lugares de trabajo; así como en los medios de comunicación. Y tampoco creo que sea necesario que salgamos a las calles a cuestionar o impulsar otra opinión sobre este tema en pleno siglo XXI. En estas miradas complejas, las personas que son “diferentes” generan molestia en sociedades conservadoras como la nuestra, que se permite reproducir los conceptos mencionados anteriormente; y donde, para ser y existir, se representa a la gente bajo el prototipo de hombres y mujeres rubios, bronceados, etc.; y no así como individuos que han entendido que hay un más allá de la apariencia, el conocimiento y la construcción que nos inculcan muchos medios de comunicación y en las redes sociales.

Quienes se miran a sí mismos y construyen con perspectivas reales y fieles a su contexto, país y cultura rechazan estos estereotipos. Un buen ejemplo es nuestro Presidente del Estado. Como país, ante la opinión internacional primero fuimos cuestionados, luego observados y finalmente aplaudidos. Pero, ¿necesitamos hacer todas estas reflexiones para darnos cuenta, dar un salto y construir un país que se mira y quiere asumir el reto de demostrarse capaz de consolidarse fiel a sus actos, miradas, posiciones y estéticas?

Me permito decir que somos diferentes porque venimos de una conquista que colonizó nuestras culturas; fueron cinco siglos los que transcurrieron entre el mestizaje y la mezcla de culturas antes de que los países latinoamericanos lograsen consolidarse. Y no nos hemos quedado quietos, seguimos consumiendo otras influencias. No nos hemos dado cuenta de que somos universales, somos bolivianas y bolivianos que podemos reflexionar, accionar y construir una vivencia propia a partir de nuestra herencia de sangre mestiza y de lo que realmente somos. Por eso vuelvo a preguntarme, con sinceridad, ¿quiero ser Ricky Martin?

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