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¿Quo vadis, China?

China ha decidido  lograr la hegemonía en la región Asia-Pacífico, al tiempo que contiene la de EEUU

La Razón / Foro - Francisco G. Basterra

00:00 / 02 de junio de 2013

Sobre un panel de 18 metros de altura por 12 de ancho, la agencia de noticias china Xinhua, el órgano comunista que durante tantos años se ha dedicado a denigrar todo lo norteamericano, proyecta el poder blando del segundo país del mundo en la fachada del número dos de Times Square, en Nueva York, el centro neurálgico del consumismo mundial. En España, la Biblia rosa de las revistas, utilizada por la Zarzuela para dar carta de naturaleza a las noticias de la familia real, anuncia que la eventual reina de España a finales de siglo, la infanta Leonor, estudia chino mandarín en su colegio; la Corona, tan zarandeada en los últimos tiempos, acierta esta vez. En un pequeño atolón del Caribe, los cayos de Tobago, dos jóvenes chinos que salen del agua esmeralda después de bucear tras grandes tortugas, me cuentan que trabajan en la cercana isla de San Vicente ampliando el aeropuerto. La huella china, omnipresente en Latinoamérica y África, aprovecha la distracción de Estados Unidos en Asia central para hacerse a bajo coste con los votos de los pequeños Estados caribeños para vetar a Taiwán en Naciones Unidas.

Dominica pudo construir su nuevo estadio nacional, al igual que Costa Rica, con fondos y trabajadores chinos, tras cambiar su voto y romper relaciones con Taipei. Han llovido sobre este mar, la tercera frontera de EEUU, más de $us 6.300 millones producto de la interesada generosidad de Pekín, mientras Washington vuelve a recortar su ayuda al Caribe. Los préstamos a largo plazo de China sirven para construir carreteras, ferrocarriles, hospitales o plantas eléctricas. En las Bahamas, a sólo una hora de avión de Miami, en Jamaica, en Trinidad. Pekín no tiene intención de obtener bases militares en el Mediterráneo de EEUU, son otros tiempos y otro mundo.

La huella de China ya es global. Un país que sólo produce el 23% de lo que consume, necesita del petróleo del Golfo Pérsico, Angola o Sudán, de las materias primas producidas por Brasil o de los minerales africanos, para consolidar su crecimiento, la única ideología que puede legitimar al Partido Comunista Chino y permitir a la nueva dirección que encabeza Xi Jinping acallar a la emergente clase media urbana, a la que ha prometido protección social, sanidad y vivienda digna. Dispone de diez años para devolver a China su histórica grandeza. En 1820, antes de la gran humillación y pérdida de soberanía sufrida a manos de las potencias coloniales europeas, China tenía un tercio del PIB mundial, que cayó a un 4% en la cumbre del criminal proyecto de Mao, y actualmente supone un 15%. Xi, comunista o no, es el último eslabón de una cadena que se proyecta hacia atrás 25 dinastías, 4.000 años de historia y cultura imperiales. Como expresó con naturalidad el anterior ministro de Asuntos Exteriores: “China es un gran país, los otros países son pequeños. Es un hecho”.

Xi ya trabaja en el sueño chino, que incluye el de un gran Ejército, que deberá cumplirse antes de mitad de siglo. Sobre esta idea juegan todos los niños chinos en las escuelas mientras los intelectuales estudian el auge y caída de los imperios que fueron. Los dirigentes no quieren exportar ni su ideología ni su forma de gobierno, pero tampoco pueden conformarse con el actual statu quo. Como escribe Robert Kaplan en su libro The Revenge of Geography (Random House), China necesita garantizar suficientes materias primas, que no posee, para soportar el ascenso del nivel de vida del 20% de la población mundial. Su huella global tiene que ver con este interés básico nacional. Estamos ante un poder continental hiperrealista, frente a un relativo declive de EEUU. Para la analista internacional norteamericana Anne Marie Salaughter, “China es el test de Rorschach en el cual nosotros proyectamos nuestras esperanzas y nuestros miedos”.

La nueva China ha decidido lograr la hegemonía en la región Asia-Pacífico, al tiempo que contiene e impide la de EEUU. Su geografía terrestre y marítima le permite proyectar su influencia desde Asia central al extremo oriente ruso, y desde el Mar del Sur de la China al océano Índico, algo que es un dolor de cabeza para EEUU. Sin utilizar la fuerza, construyendo un escudo marítimo a lo largo de sus 2.000 kilómetros de costas, rearmando sobre todo su Armada, evitando los falsos pasos que transforman las amenazas exteriores en desórdenes internos. Lo explican muy bien los periodistas franceses Alain Frachon y Daniel Vernet en su recomendable libro La Chine contre L'Amerique. Le duel du siècle (Grasset). El enfrentamiento que definirá el siglo XXI se libra ya en Asia-Pacífico, a 10.000 kilómetros de Europa, el nuevo centro de gravedad del mundo. Un duelo que no nos debe ser indiferente.

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