Columnistas

Racismo y miedo

Me concentraré en un método de sembrar la mala yerba del racismo: el miedo

La Razón / José Gramunt de Moragas

02:12 / 19 de septiembre de 2012

En abril de 1968 me encontraba en Washington, precisamente cuando fue asesinado en Memphis el líder de los derechos civiles (léase antirracista), Martin Luther King. Un hecho tan notable no podía dejar más que una profunda huella en mi memoria. Para los procedentes de otras latitudes nos llamaba poderosamente la atención que, en un país que fue la cuna de la democracia, existieran tan odiosas diferencias entre blancos y negros en todo el amplio espectro de la sociedad, escuelas, universidades, hospitales, restaurantes, vehículos públicos e incluso iglesias. Es decir, en todas partes.

Este recuerdo, tan lejano pero tan viviente, me lleva a escribir este breve comentario sobre el racismo todavía existente en algunas partes de América Latina, aunque no tan radical como en los EEUU antes de la promulgación de la Ley de los Derechos Civiles.

Me concentraré en un método de sembrar la mala yerba del racismo: el miedo. El medio a que cualquier palabra inocua, cualquier interpretación inocente de un discurso del Sr. Presidente puedan ser denunciadas y enjuiciadas como delito racista, y condenados por la vía penal más draconiana. Este es el miedo que tratan de infundir algunos gobernantes para tener a raya a sus súbditos. Miedo a que digan la verdad, miedo a que la publiquen, miedo a dejar que la gente piense, hable, escriba libremente.

El asesinato de Luther King cambió la concepción e incluso los usos y costumbres de los norteamericanos sobre las diferencias de razas, en particular entre blancos y negros.

Tan profundo fue el cambio que el actual presidente de la mayor potencia mundial es un negro, descendiente de una genealogía de colores diferentes. Este giro fue posible porque, en realidad, Los destinos de blancos y negros están estrechamente ligados (23-08-1963). Esta sentencia, que además es el núcleo esencial de la antropología, fue la esencia del mensaje del pastor norteamericano en su discurso memorable I have a dream. Un sueño que se materializó en un país coherente, a pesar de los grupos de orígenes distintos que conforman. 

A modo de anécdota contaré que después del magnicidio y en medio de una multitud que acampaba en el Mall, alrededor del monumento a George Washington y a Abraham Lincoln, entrevisté al activista negro Abernathy, de casi dos metros de altura y con una voz tonante capaz de hacer temblar a multitudes. Respondiendo a mi breve interrogatorio periodístico, resumió lo esencial del movimiento por los Derechos Civiles expresado en el famoso discurso de King, I have a dream, y que podría extractarse en el siguiente pensamiento del propio King: Imagina que tus cuatro hijos vivirán un día en una nación en donde no sean juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su persona.

Luther King no imaginaba que vendrían tiempos en otras latitudes en que los tribunales juzgarían a sus ciudadanos no por la gravedad de sus actos sino por el color político de sus ideas, de sus palabras o escritos. Y con este procedimiento pseudojurídico mantendrían a sus ciudadanos amedrentados, temerosos de que les condenaran a las penas más injustas por haberse manifestado discriminadores y racistas. El propio King brinda la solución en esta sentencia: no permitas buscar la satisfacción de nuestra sed de libertad tomando la copa del resentimiento y del odio.

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