Columnistas

Realismo mágico en Pyongyang

Corea del Norte es hoy es el territorio más extranjero y ahistórico del planeta

La Razón / Miguel Ángel Bastenier

00:08 / 15 de enero de 2012

En Corea del Norte Kim Jong-un ha sucedido a su padre Kim Jong-il, que a su vez reinaba desde 1994, cuando tomó el relevo de Kim Il-sung. Toda una dinastía. El mundo parece que se ha estremecido porque el joven sucesor, 28 años y ninguna experiencia excepto la primogenitura, tiene a mano el botón nuclear. Pero el gran motivo de esa preocupación debería basarse en que el régimen de Pyongyang es un caso, quizá único en la historia, de un país tan ajeno a todo lo que está fuera, que también puede ser capaz de todo.

Corea del Norte es el territorio más extranjero y ahistórico del planeta. Cuando nació el anterior líder supremo Kim Jong-il (se cree que en la URSS) la literatura oficial aseguraba que había sido en una cabaña en el pico más alto del país, y que una estrella y varios arcoíris de dimensiones sobrenaturales saludaban el acontecimiento; el primer Kim ya había sido declarado inmortal, sin que nada de ello cohibiera al ateísmo del régimen. El antiguo corresponsal de la BBC en Seúl, Charles Scanlon, lo llama “comunismo con un toque de realismo mágico”.

El mundo ha visto las imágenes de las exequias rendidas al difunto como un tsunami, con cientos de miles de fieles expresando disciplinadamente su dolor. Corea del Norte es una férrea, fatídica y famélica dictadura, pero no es verosímil que aquel gentío estuviera unánimemente fingiendo, y los mismos testimonios de norcoreanos que han logrado escapar a Corea del Sur confirman que el pueblo cree todo lo que el régimen quiere que crea: que las estrecheces son culpa de EEUU, y que, pese a ello, son unos privilegiados.

La ingeniería social de otro comunismo, el de la Europa del Este, nunca fue, en cambio, capaz de nada similar. El deshielo comenzó en Polonia, donde había ciertamente un baluarte contra todo lo que no fuera la fe de los polacos como era la Iglesia Católica, pero al cabo de 40 años de adoctrinamiento marxista-leninista, cuando se celebraron las primeras elecciones libres de la posguerra, en junio de 1989, y el partido comunista que dirigía el general Jaruzelski estaba seguro de que superaría a Solidarnosc, fue la formación de Lech Walesa la que obtuvo los 150 escaños en juego de la Cámara Baja, y todos menos uno de los 100 del Senado. El derrumbe general en el resto del feudo de Moscú fue solo un déjà vu.

¿Será que el pueblo coreano es congénitamente carne de cañón para esas experiencias? Claro que no, puesto que sus hermanos del sur se han establecido sólidamente en la modernidad occidental, donde opera asimismo una ingeniería social, pero flexible, abarrotada de artículos de consumo, y como expresión impecable del poder blando de Occidente.

A los ciudadanos de Europa oriental nadie había podido hacerles olvidar la existencia de Europa. Incluso en China, con su actual Gran Salto hacia Adelante, se difundió una disidencia como en los dazibaos del muro de la democracia, y otro tanto ocurrió en la URSS con los samizdat. Ahí está la diferencia. En Corea del Norte no puede haber oposición porque ni siquiera existe la palabra. Una feroz dictadura, como la norcoreana, recurre con frecuencia a la peor represión, pero la negación comienza por la palabra.

Corea ha vivido entornada sobre sí, el llamado reino ermitaño, eternamente en pugna entre dos poderes imperiales, China y Japón, y al término de la II Guerra el cierre se hizo total. Corea del Norte es hoy un laboratorio antes que un país, sin filiación histórica reconocible en la modernidad. Y si un día se extingue la dinastía de los Kim toda la nación deberá comenzar por ir de nuevo a la escuela.

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