Columnistas

La Razón (Edición impresa) / Édgar Arandia

00:00 / 02 de diciembre de 2012

Rebeca, la señalada”, así se refiere la Biblia respecto a una matriarca hebrea que se cayó del camello, loca de amor, cuando vio a su predestinado esposo, Isaac. Abraham mandó a buscar con su sirviente de mayor confianza a una mujer que no sea cananea para que se case con su hijo, y fue ella la señalada.

Para comprometerla, el fiel sirviente le dio un anillo para la nariz y un brazalete de oro. Según el relato bíblico, era muy hermosa, amable y además poseedora de una inteligencia que afinaba en su astucia. Ambos tuvieron dos hijos, bastante diferentes, física y espiritualmente. El mayor, Esaú, era fornido, peludo y con una capacidad de ingesta gastronómica de minibusero, una suerte de Sancho Panza bíblico; y Jacob, delgado, lampiño y sensible, o su equivalente al Quijote. A este último Rebeca lo prefería y urdió un plan para darle la primogenitura, que implicaba el traspaso del poder del patriarca.

Cuando Isaac, envejecido y medio ciego, advirtió que era hora de entregar su beneplácito a su primogénito, Esaú, Rebeca urdió un magnífico plan para escamotearlo para Jacob, quien era un hábil cocinero, experto en un guiso de lentejas. Esaú, al percibir el aroma del guiso, seguramente hervido con carnero y  menta, no pudo resistir y aceptó entregar su primogenitura a cambio de zamparse la olla. En tanto Rebeca visitó a Jacob de tal manera que su padre, Isaac, lo confundiese con su hermano para que lo bendijese y le entregue el mando. Así, Jacob fue el fundador de las 12 tribus de Israel, lo que provocó la furia del comelón, que perdió el poder por un plato de lentejas. La habilidad política de Rebeca se hizo patente en esta muestra de preferencia por el mejor hombre, y su pensamiento prospectivo le hizo avizorar que Jacob tenía la suficiente habilidad para aglutinar a su desperdigado pueblo.

Nosotros tenemos nuestra Rebeca, la presidenta de la Cámara de Diputados, una mujer sumamente perspicaz e inteligente, atractiva, firme y de un gran corazón. Me trae a la memoria a la señora Ana María Romero de Campero, que en su libro Ni todos ni tan santos dice: “La derrota de Natusch (noviembre del 1979) fue posible gracias a la acción de las masas y también a la lúcida actuación del periodismo nacional. Pero como ha ocurrido otras veces en nuestra historia, ese pueblo, que se inmoló por la democracia e hizo retroceder a los tanques, no encontró eco en la dirigencia política. Lo que se ganó en las calles fue transado en la mesa de negociaciones”.

La controversia que días atrás mediatizó la prensa, no tan lúcidamente, sobre la controversial Ley de Extinción de Bienes a favor del Estado, proyectada por el ministro Romero, provocó una réplica de Rebeca Delgado, cuyo principal reclamo se basaba en una idea fuerza revolucionaria muy importante: ninguna ley debe ser elaborada en una mesa de abogados, sino que deben nacer desde abajo. Esta posición generó una inusual alegría en la oposición: pensaban que el proyecto de la ley se caería en mil pedazos. No fue así, porque Delgado y Romero actuaron lúcidamente, y fue un ejemplo para lustrar el aspecto más oculto de la política: ser un arte en tanto los valores humanos precedan a las decisiones y a un adecuado manejo del poder.

 Disentir entre miembros de una misma organización política es parte medular del fortalecimiento de la democracia, son como las disputas domésticas con las que nos enfrentamos todos los días; sin que eso signifique que no seamos capaces de encontrar el bien común. La manera pausada y firme de la señora Delgado le ha ganado un ejército de admiradores, porque no usó adjetivos descalificadores; a su vez el ministro Romero demostró su eficiencia al enfrentar a las mafias enquistadas en el Gobierno, y este acto ha fortalecido su gestión, difícil y hasta temeraria; y ambos hicieron el sana sana.  

La anomia de la sociedad es cómplice de la corrupción, no sólo en Bolivia, sino en todo el mundo. Luchar contra el narcotráfico, las redes montadas dentro los ministerios, la Policía y otras instituciones requieren del concurso de toda la sociedad. Estas instituciones puede funcionar en tanto el Gobierno no esconda la cabeza; sacudir la alfombra de los corruptos puede ser hasta un mensaje preelectoral poderoso.

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