Columnistas

Reconfigurar la ciudad

Somos testigos de la desconfiguración de un lugar que mantuvo una armonía

Patricia Vargas

00:18 / 16 de febrero de 2017

De una u otra manera, las ciudades fueron reconfiguradas hasta hoy en aspectos funcionales y espaciales. Asimismo, la ansiedad por nuevos usos o requerimientos de ampliación de ciertos lugares han terminado repercutiendo en el desenvolvimiento de la vida urbana, mientras que el afán de ocupar el territorio se ha tornado preocupante por la aparente manera incontrolada en que se fragmentan los espacios.

Es evidente que en la actualidad esas reconfiguraciones buscan cambios que se enmarquen dentro de una nueva visión de ciudad contemporánea, lo cual exige predeterminaciones y reestructuraciones que solo se convertirán en las apropiadas si son el resultado de una indagación seria y fruto del encuentro con las potencialidades de los lugares. Únicamente así acabarán siendo exitosas, ya que no se tratará de soluciones incoherentes y desarticuladas.

Ello nos indica que el reconfigurar la urbe implica la ejecución de acciones y hechos capaces de reorganizar y hasta modificar territorios estratégicos.

Empero, habrá que tomar en cuenta que la ciudadanía no siempre apoya esa ficción de manipulación del tiempo y del espacio, especialmente cuando olvida sus anhelos y necesidades.

En el mundo existen grandes intervenciones urbanas, pero no todas son aceptadas por la gente aun siendo bellas y bien construidas. Tan grave es la crítica, que no faltan las que son abandonadas solo para que el turista transite por ellas. Esto por el prestigio urbano-arquitectónico internacional que tienen, pese al cual el habitante del lugar no se siente identificado, lo que aminora su identidad. Por tanto, el intervenir una ciudad resulta un desafío inmenso para el proyectista y también para quienes buscan propuestas que se ejecuten en territorios vírgenes urbanísticamente.

Desde 1980, Barcelona —dentro de una política urbana— empezó su transformación apoyándose primeramente en proyectos puntuales, para luego los de mayor escala; superen en dimensión a esas intervenciones de barrio y tengan un alcance metropolitano. Este propósito se potenció mucho más con los Juegos Olímpicos de 1992. De esa manera, se fue convirtiendo en una ciudad talismán y su complejidad urbana fue reconocida y apoyada por el visitante exigente, quien hoy disfruta además de su locuaz vida citadina. Sin embargo, en su momento, no faltaron las críticas de los originarios del lugar, quienes rechazaron la construcción inadecuada e innecesaria (según ellos) de imágenes y símbolos forzados.

Desde algún tiempo, hemos abordado de forma reiterada el tema de las intervenciones urbanas porque estamos convencidos de que La Paz, si nuevamente quiere operar en lugares estratégicos, deberá cuidar sobremanera esas reconfiguraciones espaciales. Caso contrario, como lo hemos reiterado, deberemos resignarnos a respuestas mal concebidas y estructuradas. Un ejemplo de ello se encuentra a una cuadra de la plaza Murillo, donde un solo hecho arquitectónico ha logrado deteriorar el valor de ese escenario de la vida pública y política de este país.

Nos referimos a la Casa del Pueblo (hoy todavía en etapa de obra gruesa), cuya monumentalidad —al borde de la más desestructurante de las desmesuras—, ha violentado el entorno de todo el centro histórico y roto la imagen estética urbana de la mencionada plaza (vista desde el norte). Así, somos testigos de la desconfiguración de un lugar que —con estructuras arquitectónicas de distintas épocas, estilos y dimensiones— mantuvo una armonía de conjunto y, lo más relevante, no necesitó de ningún imaginario con signos de artificio.

* es arquitecta.

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