Columnistas

Recordando a Swann

Si Proust sólo hubiera publicado esa parte, le habría bastado para hacer su gloria literaria

La Razón / Wálter I. Vargas

00:24 / 27 de julio de 2013

Se está recordando a Marcel Proust este 2013 por cumplirse 100 años de la publicación de Por el camino de Swann, el primer tomo de su hermosa novela En busca del tiempo perdido. Pero, pensándolo bien, y si tomamos en serio la potencia de los personajes que crean los grandes novelistas, quizá se tenga que recordar más bien a Carlos Swann, figura que domina como un faro esa magnífica primera parte publicada en 1913, aunque luego no deja de tener su importancia, cierto que de diferente cariz, a lo largo de los otros tomos que Proust fue entregando los siguientes años. Concretamente, dentro de ese tomo inicial, me refiero a las más de 200 páginas que hacen un paréntesis en el relato de la infancia de Marcel, el narrador. Esa parte retrocede años atrás, cuando éste todavía no había nacido. Es entonces que Swann conoce a Odette y el novelista se dedica a observar y hacer observar al lector, con una paciencia e inteligencia literaria irresistibles, la tragicómica evolución de su noviazgo.

Si Proust sólo hubiera publicado esa parte, le habría bastado para hacer su gloria literaria, creo yo. Pues toda su mágica prosa musical está ahí, sustentada en lo que no queda más que llamar la estructura irónica de la realidad. Además, tiene un grado de autonomía que puede hacerla funcionar como una novela independiente (como que hay una edición, traducida por José María Valverde, quiera Dios no tan española como la que yo tengo), aunque los proustianos radicales me condenen por esta blasfemia.

Digo esto porque leer Unos amores de Swann puede ser un gancho para que los lectores jóvenes se animen a “entrarle” a una obra que de otra manera intimida por su extensión y densidad (y no pierdan el tiempo leyendo fruslerías con dibujitos como las novelas de Roberto Bolaño).

Del todo impotente para intentar resumir la complejidad de la manera en que Proust construye la vida amorosa de Swann (todo un atrevimiento, por lo demás, querer hacerlo en unas cuantas líneas), quizá pueda en cualquier caso dar una idea de a qué me refiero con “estructura irónica de la realidad”, si repito la magnífica frase con la que termina este relato. Dice Swann: “Cada vez que pienso que he malgastado los mejores años de mi vida, que he deseado la muerte y he sentido el amor más grande de mi existencia, todo por una mujer que no me gustaba, que no era de mi tipo”.

Aunque terminar, lo que se dice terminar…, pues semejante conclusión penosa y graciosa no impide que de todas maneras Swann se case y tenga una hija con esa mujer, como lo vemos luego, en los siguientes tomos, ya plenamente en un plano de personaje secundario. Secundario porque ahora es el papá de esa hija de la que precisamente se enamora Marcel (los jóvenes toman el protagonismo, como corresponde). Más allá aun, nos enteramos de que la enfermedad lo ha matado prematuramente, convirtiéndolo en un recuerdo querido y polémico en las charlas de los varios personajes que le sobreviven, en ese océano social que pinta Proust, tan similar al real en su ruindad y belleza alternas. En fin, es un personaje con tanta riqueza, que alcanza ese objetivo de Wilde o Balzac de que los lectores lo recordemos casi como a una persona real.

Vasto e inalcanzable es el terreno sembrado por Proust en su novela. Donde se busca, se cosecha fructíferamente. Sobre lo que, a falta de otro nombre, llamaré psicología del amor, casi se especializa maliciosamente en el lado desolador de ese aspecto de la vida, y no en sus momentos buenos. Quizá además puso demasiado el acento en el poder esclavizante de los celos y en la posesión enfermiza, sin hacer justicia al caso opuesto, el de la indiferencia (Julián Sorel exclamando, una vez conquistado el objeto de sus deseos: “¿Y éste es el famoso amor?”).

En cuanto a la conveniencia o no de encontrar una explicación a las relaciones amorosas, llegados a cierta etapa de la vida, semejantes cuitas sólo pueden recibir como colofón el gracioso epitafio que John Dryden imaginó para su esposa: “Aquí yace mi mujer/ ¡dejadla yacer¡ / ella descansa finalmente / y yo también”.

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