Columnistas

Recordando al ‘imperio Garáfulic’

Queda atrás una década del hundimiento, por desatinos propios, del llamado ‘imperio Garáfulic’.

La Razón (Edición Impresa) / Rafael Archondo

04:26 / 19 de agosto de 2013

Queda atrás una década del hundimiento, por desatinos propios, del llamado “imperio Garáfulic”. Tantas lunas nos han alumbrado desde entonces, que mucha gente lo ha olvidado. Otra, dado el cariño que le profesaba, ha optado por fingir precavida amnesia. Los hay, y varios, que buscan rememorar con minuciosidad forense, queriendo oxigenar un enemigo, cuya legitimidad pueden desportillar a discreción cuando resulte políticamente oportuno. Ahora que el tema reflota al compás de las diatribas contra el periódico Página Siete, quizás sea útil, simplemente, entender.

A diferencia de sus rivales, Raúl Garáfulic Gutiérrez edificó su imperio mediático sacando provecho de una coyuntura política favorable. Bendecido por la suerte, tejió excelentes y, sobre todo, tempranas relaciones personales con el general Banzer, a quien ayudaría a ganar las elecciones de 1985. Dentro de la división natural del trabajo, Don Raúl se situó en el estratégico lugar de consejero y operador mediático. Nunca puso mucho dinero sobre la mesa, pero prometió y, a veces, entregó algo tan o más decisivo: aplausos y votos. Y es que la derecha boliviana había aceptado al fin la centralidad del acto electoral y Garáfulic le servía cámaras y primeras planas. En retribución, recibiría las ventajas de contar con el número telefónico directo del Palacio de Gobierno.

Su segundo momento de gloria vendría con la Capitalización. Mientras sus compañeros de ideas se esforzaban por hallar diferencias entre ADN y el MNR, Garáfulic se apresuró a montarse al carro en movimiento. Parecía haberle llegado el tiempo de ensanchar su rol de relacionista público del empresariado en el poder. Para dar el salto arriesgó demasiado, se alió con la banca española, golpeó con titulares llamativos a los administradores brasileños del LAB y finalmente coronó la captura de la aerolínea usando a un presta-nombres como Ernesto Asbún.  En paralelo, soñó con ser un tiburón de los medios, devorando la mayor cantidad digerible de emblemas y marcas.

Hasta ese momento, sólo dos comunicadores se habían interpuesto en su camino hacia la cima, dos individuos la mar de diferentes: Carlos Palenque y Jorge Canelas. El primero resistió hasta su muerte el embate de la red ATB usando recursos filiales y emotivos, mientras el segundo navegaba instintivamente a contracorriente, fundando diarios y semanarios, apegado al oficio y desafiando la lógica de los negocios.

La mala hora de Garáfulic no vendría entonces de la mano de sus ocasionales competidores, sino de sus propios aliados. El mal gobierno de Banzer, al que protegió en inicio, y el empuje de la plebe, hastiada por la falta de pudor de sus gobernantes, fueron coaccionando al imperio Garáfulic para que le retire el blindaje al sistema y deje fluir el desprestigio. Lo demás fue obra del encono interno, que siempre se desata cuando el castillo está a punto de ver vencidas sus murallas.

Hoy, los herederos de Garáfulic padecen coyunturas adversas. Quienes los atacan por tener un diario se nutren de datos envejecidos, mastican caducidad. Y es que hoy los barones mediáticos son otros, aunque hasta la fecha nos falte nitidez para precisar sus contornos.   

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