Columnistas

Recuerdo el ayer

‘Tenemos de genios lo que conservamos de niños’, dijo una vez el gran poeta Charles Baudelaire

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

04:05 / 18 de marzo de 2015

La nostalgia llega siempre con la edad? Cuatro paracaidistas aterrizan en el estadio Félix Capriles de Cochabamba. El primero llega por sorpresa. ¿Desde dónde y cuándo se han arrojado al vacío? ¿Has visto u oído algún avión? Es la previa del partido Wilstermann versus The Strongest. Los jugadores de ambos planteles calientan motores sobre el césped, pero todos —incluidos esos trabajadores del fútbol llamados jugadores— miramos al cielo, pues a lo lejos llegan otros tres paracaidistas capísimos: todos terminan en el círculo central. 

En el descanso se regalan cientos de balones. No llegan desde el cielo, sino desde la pista atlética a ch’utazo limpio. Los hinchas se “pelean” en las gradas y muchos emulan a la Araña Negra, Lev Yashin, el único arquero que ha conquistado el Balón de Oro (en 1963), el mítico guardameta de la selección de la Unión Soviética. La tumba de Lev Ivánovich Yashin en el cementerio Vagankovskaya de Moscú debería ser centro de peregrinaje de todos los arqueros del mundo.

Tras la algarabía de las pelotas regaladas, hay cientos de niños y de niñas con una sonrisa eterna dibujada en sus rostros: se agarran al balón como si extraviarlo fuera perder la vida misma.

Nuestra atávica simpatía por la redonda se pierde en la noche de los tiempos cuando todavía existían miles de dioses y millones de dudas. “Tenemos de genios lo que conservamos de niños”, dijo una vez el gran poeta francés amante del vino y el opio Charles Baudelaire. Y todos éramos (o casi todos) así: no existía algo más serio que una pelota y una cancha sin rayar con cuatro piedras y seis palos imaginados.

El aire del Capriles es nostálgico, parece que hemos retrocedido 30 años cuando era habitual ver caer del cielo a los paracaidistas y los balones, cuando las camisetas no estaban manchadas y eran de verdad emblemas de pertenencia e identidad, lavadas únicamente por las sufridas madres de los futbolistas.

La palabra “nostalgia” viene del griego clásico (ese que se estudiaba antes en el bachillerato junto al latín): “nosteo” es regreso y “algía”, dolor. Por eso, quizás, nuestros “tiempos modernos” —dominados por máquinas supuestamente inteligentes— son nostálgicos por naturaleza. Por eso nos llega la necesitad de estar en “otra parte”, en otra “época”, en “otras canchas” donde los hombres del fútbol no miraban a nadie por encima del hombre, donde los héroes de cada domingo enamoraban a las chicas charlando con el codo apoyado en la valla.

Cioran reconoció siempre que su infancia fue feliz, pero luego confesaba que, desde aquel entonces, su personalidad estaría marcada por la tristeza, la derrota y el hastío. ¿Le faltó pasar tardes enteras ganando finales cada media hora?

La nostalgia ha vuelto para quedarse y cada día que pasa más músicos editan sus trabajos en vinilo: es la venganza de los viejos discos contra aquel chango atrevido y desubicado llamado “cede”, olvidado y enterrado. En las tiendas, los tocadiscos son la sensación: permiten grabación directa de los discos al mp3 o a un puerto usb y su sonido estéreo con chispitas nos retrotrae a “otro lugar”. Estoy recuperando mi vieja colección de vinilos y descubriendo “nuevos” talentos: hace dos domingos en la feria 16 de Julio de El Alto me compré I remember yesterday de Donna Summer (vinilo fabricado en Perú bajo la leyenda “Disco es cultura”) y Cocker (el disco que tenía como primer tema de su cara B el famoso You can leave your hat on). Decía el gran Joe que “el amor está desapareciendo” (Love is on a fade), pero la nostalgia está más viva que nunca. ¿Llega ésta siempre con la edad? No. La nostalgia es un sentimiento que no puede parar y que toda persona puede atravesar en cualquier etapa biológica.

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