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Recuerdos de Cuba

Cabrera Infante fue un relator permanente de la tragedia de la isla desde su exilio londinense

La Razón / Wálter I. Vargas

01:14 / 16 de noviembre de 2013

Noticia literaria: el difunto novelista cubano Guillermo Cabrera Infante dejó un libro inédito que ahora su viuda y sus editores han decidido echar al mercado. Ella, mujer al fin, no se había animado a hacerlo antes porque el escritor, hombre al fin, cuenta en el libro una o algunas aventurillas amorosas extralegales. Pero, sabiamente, Miriam Gómez (que así se llama la cónyuge) evaluó que “Lo que le ha pasado a una nación es más importante que lo que me pueda pasar a mí”. Y es que lo fundamental del libro (Mapa dibujado por un espía), al parecer, es la narración de cómo al regresar en 1965 de Europa a Cuba, Cabrera encontró que se había consumado lo que ya se veía venir: la pregonada y festejada liberación de la dictadura de Batista se había transformado por obra y gracia del Big Brother Fidel en otra mucho peor, como que rige hasta ahora, para vergüenza del mundo.

Esto se ve rápidamente al leer el fragmento que ha publicado este periódico a manera de adelanto el pasado domingo. No es precisamente una prosa deslumbrante la de Cabrera Infante (nunca me han convencido demasiado los malabarismos verbales y en general las novelas del autor de Tres tristes tigres), así que los desmesurados elogios que le dedican a la novedad bibliográfica tanto la viuda como el editor deben ser nomás parte del autobombo de rigor de estas empresas editoriales.

Y en cuanto a lo que cuenta, es cierto que se trata de más de lo mismo: muchos escritores cubanos, como Reynaldo Arenas y Carlos Franqui (y también no escritores) han testimoniado la dramática deriva de la política cubana de esa época. Pero no por ello deja de ser importante y muy aleccionador porque, por sorprendente que parezca, en nuestro país no ha cejado la idealización de la revolución cubana y hasta ahora se la considera un hito de las luchas por una supuesta libertad continental; y a sus perpetradores, presuntos héroes. Sólo falta que cualquier día de estos aparezca un monumento a Castro en El Alto.

El mismo Cabrera fue un relator permanente de la tragedia de la isla desde su exilio londinense (exilio agradable si los hay, en cualquier caso). En 1980, por ejemplo, repasó en varias páginas y morosamente cómo Lezama Lima tuvo que pasar entre asombrado y confundido (era radicalmente apolítico) sus últimos años de vida asistiendo a reuniones donde él y otros debían explicar y justificar su existencia como escritores y artistas ante el Stalin criollo y sus secuaces. Por su parte, Carlos  Franqui cuenta cómo intelectuales como Roberto Fernández Retamar o Lisandro Otero se opusieron inicialmente a la naciente autocracia y al partido comunista, cada vez más sectario, pero que, a medida que veían que su resistencia sólo iba a acarrearles la cárcel, el exilio o la muerte, se acomodaron a las circunstancias, doblaron el brazo y se convirtieron en servidores del régimen (leí ambos artículos en los años 80 en la famosa y muy buena revista mexicana Vuelta, dirigida por Octavio Paz). Y por si crudeza les faltara a estos casos, ahí está para suministrarla la tremenda autobiografía de Reynaldo Arenas y su paso por el infierno de las cárceles castristas.

Es este un fenómeno histórico que describe y analiza el filósofo polaco Czeslaw Milosz en El pensamiento cautivo, donde trata de explicarse y explicar cómo fue posible que países educados y cultos, como los de Europa del este, se rindieran ante el totalitarismo de Stalin. También allá, dice Milosz, los defensores de la libertad se vieron envueltos inevitablemente en la maquinaria burocrática socialista. Fueron las circunstancias, concluye, quizá melancólicamente.

Lo cierto es que argumenta más o menos así: no son los hombres los que hacen la historia, sino ésta la que hace a los hombres. En virtud de lo cual, es lícito imaginarse que, de haber ocurrido en estos tiempos, la revolución cubana hubiera resultado algo parecido a la pantomima folklórica que ocurre en Venezuela. Y al revés, es lícito conjeturar que los ideólogos, pensadores e intelectuales de la actual izquierda boliviana, en cuyas cabecitas siguen bullendo ideas de nuevas redenciones socialistas, se habrían convertido en diligentes comisarios y empleados del caudillo triunfador.

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