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Redes sociales y coberturas

¿A cuántos clic de criterio y empatía se encontrará un video de devenir en una noticia responsable?

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Rocha Fuentes

00:00 / 21 de julio de 2017

Pareciera que ya no hay por qué gastar tinta haciéndonos la vieja pregunta que desde la comunicación nos hemos venido haciendo la última década. Pues ya no parece tan necesario indagar en torno a los niveles de transmediatización que se hacen carne entre las redes sociales digitales (RRSSDD) y el periodismo formalizado y mediatizado de hoy en día. Y tampoco ya cabe duda sobre el rol de la ciudadanía en los procesos informativos que luego devienen en agenda periodística. De forma inevitable, lo que sea de interés público y que nazca en las RRSSDD terminará, más temprano que tarde, en las portadas de los periódicos y en los titulares de los medios audiovisuales.

Mi amiga Claudia Daza ha graficado este fenómeno con una frase, señalando que “debemos formar no solo al periodista interno, sino también al editor interno”. Pues en el marco del utopismo tecnológico se ha animado de tal manera a que las y los ciudadanos usen su celular para contar historias que han terminado transmitiendo (ojo, no contando) todo lo que pasa por sus ojos mayormente sin contexto, sin cautela, sin filtros. Y tristemente esta utopía va desdibujándose a sí misma cuando lo que reina en las RRSSDD es el morbo, la paranoia y la desinformación. ¿Qué otros resultados tiene sino lo ocurrido el pasado viernes en el asalto-tiroteo en Santa Cruz, cuando una decena de videos empezó a circular por las redes sociales (aparentemente con prioridad en Facebook) durante el transcurso de una tragedia? No exagero al señalar que el momento en que la única víctima mortal mujer perdía el último hálito de vida todo boliviano con acceso a las redes ya había visto el disparo que causó esta situación por lo menos una vez.

Ante hechos de esta magnitud surgen varias preguntas: ¿es necesario registrar un hecho violento por fuera de la cotidianidad? Depende; bien utilizado, este registro puede significar una prueba forense. Mal usado, puede ir a parar desenfrenadamente a una sociedad ávida de sangre. Luego, ¿es crudo publicar este tipo de información en redes? Depende; bien enfocado, y hasta editado, puede constituirse en una herramienta pedagógica sobre el comportamiento delincuencial en una sociedad. Mal enfocado, puede desinformar sobre los hechos y sembrar rápidamente incertidumbre y miedo.

Ya subido el video, ¿es insensible verlo? Depende; con buena fe, uno/a puede terminar viéndolo por curiosidad e “informándose” de la magnitud de algo inmediatamente. Con mala fe, puede terminar dándole play reiteradamente, dándole rienda suelta al morbo.

Ya visto el video, ¿es descarnado compartirlo? Depende; con buen criterio, puede ser material de análisis y alerta hasta estratégica. Con un mal criterio, puede convertirse en motivo de distracción y de deshumanización. Posteriormente, ¿es injusto generar/publicar conclusiones sobre lo visto? Depende; si se lo hace con conocimiento de causa, pueden aportar a dar contexto al panorama. Sin él, solo es alimento para una ola desinformativa que con facilidad puede salirse de control.

¿A cuántos clic de inteligencia, criterio, empatía y humanidad se encontrará un video de devenir en una noticia responsable o en una miseria colectiva? Ese parece ser el calibre de las preguntas que ahora debieran guiar nuestras búsquedas cuando se trata de indagar sobre el futuro de las redes sociales digitales en el periodismo.

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