Columnistas

Referéndum para una inútil penitencia

Son tiempos de cambio impulsados por la modernidad que los partidarios del Sí no pudieron percibir.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:00 / 27 de febrero de 2016

Seguramente el 21 de febrero (21F) fue un día negro para el presidente Morales que pasará a la historia electoral como un ensayo de autoflagelación que culminó con todo éxito. ¿Con cuatro años por delante del mandato que el pueblo le encargó mediante un elegante 61% de los votos, había necesidad de preguntar, otra vez, al soberano si apetecía un quinquenio más de Evo, antes que los votantes terminen la digestión del tercero, corriendo el riesgo de convertir al líder en un blanco fácil y vulnerable de sus adversarios internos y externos?

Los resultados muestran que el único aporte de ese ejercicio fue el haber unido a moros y cristianos opuestos al masismo, en un puchero que acogía, por igual, a disidentes ideológicos, a erráticos libre-pensantes, a racistas camuflados, izquierdistas vergonzantes y a honestos ciudadanos hastiados de soportar la impunidad de la corrupción imperante en diversos niveles. También se puede añadir en el balance negativo el desgaste natural de 10 años continuos de un régimen eminentemente presidencialista.

Entre otras causas del fracaso al no lograr un masivo respaldo ciudadano, mucho se ha especulado sobre el rol cumplido por las redes sociales, cuyos clientes, en su mayoría jóvenes, sublimaron con imaginación, ironía y morbo el olor de los desechos esparcidos en el escándalo protagonizado por una favorita tempranamente jubilada, y por la carencia de diploma universitario del segundo mandatario. Insolvencia académica que —salvo una excepción—, dicho sea de paso, fue común denominador entre los presidentes de los últimos 30 años.

Efectivamente, son tiempos de cambio, que los partidarios del Sí no pudieron percibir. El alcance de los medios de comunicación de masas no tiene la contundencia del mensaje (casi personal y directo) que sí tiene Facebook, Twitter, Instagram, YouTube o WhatsApp, redes que permiten difundir frases coloquiales y hasta ilustradas a través de la computadora o el celular, adminículos permanentemente auscultados por usuarios cada vez más curiosos. La consecuencia fue el abundante voto urbano recogido por el No. Ergo, aceptemos que cuanto más avance la modernidad en el país, el voto duro que el Sí recogió en las áreas rurales se irá mitigando.

Entretanto, la inevitable interdependencia, tanto geopolítica como económica, arrastrará a Bolivia en un futuro cercano a los predios de las vacas flacas.

Podrían vislumbrarse, entonces, incontenibles desórdenes sociales que alteren el sustrato político y comprometan la estabilidad aún existente.

En la dimensión internacional, la merma del apoyo popular afectará la imagen de Evo, quien se proyectaba como un interlocutor fuerte y convincente. Habrá que reparar esta avería reactualizando la unidad nacional en torno a la reivindicación marítima como inalterable política de Estado.

Hoy se abre una nueva página, porque Evo, ese fenómeno político referente no solo nacional sino universal, ya no estará en la próxima contienda electoral.

Esa circunstancia provocará, obviamente, una lucha intestina dentro del MAS, para ocupar el sitio del líder cocalero. Y en los cuatro próximos años —ineluctablemente— abundarán zarpazos y zancadillas en los pasillos del poder. En la acera del frente, la hábil arquitectura del No, sin su motivación de origen, se fragmentará en feudos regionales y sectoriales, como siempre, tras intereses mezquinos. Indudablemente ni una ni otra tendencia podrá garantizar una durable gobernabilidad. La fractura entre bolivianos causada por el 21F será difícilmente superada. Sin embargo, se aguarda que factores imponderables contribuyan a forjar un liderazgo de relevo que asegure la continuidad del crecimiento económico con paz social.

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