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Reflexiones sobre Nelson Mandela

Encerrada y vigilada como él, admiro el compromiso de Nelson Mandela con la reconciliación

La Razón (Edición Impresa) / Yulia Timoshenko

01:08 / 28 de diciembre de 2013

Se dice que la reclusión nos deja con una sensación de desamparo y vulnerabilidad, pero la verdad de la vida para un preso político, incluso para el que haga una huelga de hambre, es lo contrario. Como presa, yo me he visto obligada a centrarme en lo que es esencial para mí: mis creencias políticas y mi país. Por eso, siento la presencia de los valientes hombres y mujeres, jóvenes y mayores, que se han agrupado en Kiev y otras ciudades ucranias para defender sus sueños de una democracia y un futuro europeos. En la cárcel, nuestras esperanzas y sueños se vuelven nuestra realidad.

Estoy segura de que Nelson Mandela habría entendido mis sentimientos y los habría compartido. El régimen sudafricano del apartheid pudo mantenerlo encerrado durante casi tres decenios, pero en las grandes protestas de Soweto y las otras manifestaciones en pro de la libertad y la igualdad, los valientes jóvenes sudafricanos tuvieron presente su ejemplo y sintieron su presencia.

En todo el mundo, la mayoría de la gente está celebrando ahora con razón la noble dignidad con la que Mandela sacó a Sudáfrica del salvajismo político. Incluso aquí, tras los barrotes de la cárcel y la vigilancia durante 24 horas, como la que padeció él durante tanto tiempo, puedo imaginar la calidez de su ancha sonrisa, sus alegres ojos y camisas de colores de estilo hawaiano que llevó con tanta gracia.

Y puedo admirar su inflexible —y sí, a veces astuto— compromiso con la reconciliación, que salvó a su país de la guerra racial que quienes se negaban a aceptar el fin del dominio blanco minoritario consideraban inevitable. ¡Qué equivocados estaban y qué milagroso fue el logro de Mandela al hacer incluso a sus más implacables enemigos sentirse en su casa en la Sudáfrica posterior al apartheid!

Pero aquí, en este lugar, no es el Mandela estadista el que conmueve mi alma y dispara mi imaginación. “Mi” Mandela es el preso, el Mandela de la isla de Robben, que soportó 27 años tras los barrotes (18 de ellos en una roca en el Atlántico meridional) y, sin embargo, salió con su espíritu intacto, embargado por la visión de una Sudáfrica tolerante, una nación liberada incluso para los artífices y beneficiarios del apartheid.

El fin del dominio blanco no se caracterizó por purgas. No hubo caza de brujas ni una justicia sumaria. Lo único que Mandela pidió fue que se revelara la verdad sobre el pasado. Mediante la extraordinaria innovación de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, Mandela encontró el único puente viable entre la herencia racista de su país y sus presente y futuro multirraciales: una combinación de genio político y sabiduría humana que caracteriza solo a los más grandes dirigentes.

Mandela pudo guiar a Sudáfrica hasta la libertad porque supo ver su futuro con mayor claridad que quienes vivieron los años del apartheid fuera de la cárcel. De hecho, tuvo esa poco común claridad de la visión moral que la cárcel —más quizás que ningún otro ambiente— puede alimentar.

El encarcelamiento infundió también esa claridad a Alexandr Solzhenitsin. “Poco a poco fui descubriendo que la línea que separa el bien del mal no pasa por los Estados ni entre las clases ni tampoco entre los partidos políticos, sino que cruza exactamente todos los corazones humanos”, escribió en El archipiélago Gulag. “Esa línea cambia (…) e incluso dentro de los corazones rebosantes de maldad se mantiene una pequeña cabeza de puente de bien e incluso en el mejor de todos los corazones se mantiene un rinconcito no desarraigado de mal”.

La capacidad para ver más claramente que la mayoría el funcionamiento interno del alma humana es uno de los pocos dones que puede brindar el encarcelamiento. Obligados a contar exclusivamente con nuestra vulnerabilidad, nuestro aislamiento, nuestras pérdidas (y nuestra causa, aparentemente perdida), aprendemos a mirar más detenidamente en el corazón humano: el nuestro y el de nuestros carceleros.

Mandela fue el mejor ejemplo de ese don poco común. ¿Cómo, si no, habría podido invitar personalmente a uno de sus carceleros de la isla de Robben a asistir a su toma de posesión como primer presidente democráticamente elegido de Sudáfrica?

Naturalmente, tras el generoso espíritu de Mandela había un carácter de acero. Soportó su reclusión por el bien de su causa y la angustia del sufrimiento impuesto a su familia y, aun así, nunca se desmoronó ni cedió a la rabia que habría consumido a la mayoría de las personas.

Como de costumbre, las propias palabras de Mandela sobre su día de la liberación personal muestran lo bien que lo entendió: “Cuando salí de la celda y me dirigí a la puerta por la que saldría a la libertad, sabía que, si no dejaba tras mí mi amargura y odio, seguiría dentro de la cárcel”. Y así como Mandela sabía en su celda carcelaria que llegaría un día en que el apartheid se desplomaría, yo sé, en mi soledad, que el triunfo final de Ucrania como una democracia europea es seguro.

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