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¿Será preciso sacar del centro urbano a esa efervescente manifestación cultural que es el Gran Poder?

La Razón / Patricia Vargas

00:00 / 11 de julio de 2013

Hace pocos días, el presidente del Concejo Municipal propuso públicamente la ejecución de un folklódromo cubierto en la ciudad de La Paz. Dicha idea ya apareció en 2000, y proponía su construcción en la Av. Zavaleta. Este artículo no pretende brindar apreciaciones sobre si debiera edificarse o no un espacio de esta naturaleza, y menos restar valor a la intención de ordenar de alguna manera los bailes callejeros; sólo busca reflexionar sobre sus potencialidades para la ciudad.

Previamente, es preciso señalar que resulta inaudito el desconocimiento de que en las rutas o vías de alta velocidad está totalmente prohibido el tránsito de peatones, y obviamente de bailarines. Esto a propósito de la explosión de una cisterna por evadir a ciertos danzarines en plena carretera.

Según distintos escritos, durante la Colonia, los bailes nativos acompañaban las distintas celebraciones religiosas. Y fue aquella costumbre (de anteceder a las imágenes en esas manifestaciones católicas) la que se consolidó con los años en danzas folklóricas, para luego convertirse en entradas folklóricas. La vida urbana en La Paz no ha logrado desvirtuar el viejo recurso de la fiesta, sino que hasta lo ha multiplicado. Hay quienes afirman que existen 150 fiestas folklóricas al año, las cuales, en su mayoría, son barriales. No cabe duda, sin embargo, que las expresiones festivas colectivas son importantes generadoras de identidad. Una de ellas, la entrada del Gran Poder, ha logrado alcanzar un nivel máximo de protagonismo en esta urbe, tanto por su papel central como por su activo representativo de la cultura.

Si bien todas las entradas que se desarrollan son similares, el caso del Gran Poder presenta particularidades porque consigue ciertamente “modificar la función cotidiana de las vías y, lo fundamental, logra que el entorno y paisaje urbano circundante, de pronto, por su eficacia simbólica, cambie a la mirada del espectador”. A ello hay que añadir las distintas sensaciones que produce ese espectáculo, acompañado por la significación que representa el ingreso bailando al centro urbano de la ciudad. Una conquista lograda después de décadas.

En esas circunstancias, las calles y avenidas por las que pasan las fraternidades son objeto de una especie de transformación, no sólo por el juego y movimiento de los cuerpos vestidos con trajes por demás atractivos en sus formas y colores, o la manipulación de los sonidos que los acompañan, sino porque todo aquello delata una “identidad pesada de sentido”. Así, en junio, parecería que el Gran Poder, dentro de lo conceptual, logra “monumentalizar a la ciudad por los distintos signos de identidad que expresa”. Todo ello apoyado por una importante política simbólica.

Lamentablemente, a la hora de valorar ese evento, lo sobresaliente se opaca por el excesivo alcohol que se ingiere y que es alentado no sólo por la publicidad de bebidas alcohólicas, sino por el aparente auspicio de las empresas que las producen.

Independientemente de la necesidad de cambios, como un ordenamiento apropiado del baile en la calle, la delimitación de espacios del espectador y otros, en el caso del Gran Poder ¿será preciso sacar del centro urbano a esa efervescente manifestación cultural?

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