Columnistas

Regalos griegos

Estamos condicionados por el lenguaje que nos coloniza. No podemos decir algo más allá del lenguaje.

La Razón (Edición Impresa) / Farit Rojas Tudela

02:01 / 23 de diciembre de 2013

Para Richard Rorty, lo que llamamos teoría política no es más que una parte de la literatura de ficción, y en consecuencia, entre la fábula que ilustra la teoría y la teoría misma no existiría mucha diferencia, ambas serían un relato de ficción, que lo único que precisa es un público crédulo, atento a ser conquistado, inundado por estas fábulas.

Una de las fábulas políticas más interesantes de estos últimos años corresponde al filósofo esloveno Slavoj Zizek, que hace uso de uno de los relatos más antiguos de la literatura griega: los danaos griegos (o dones griegos, regalos griegos), expresión usada por Homero para referirse al caballo de Troya. No olvidemos que el caballo de Troya permitió a los griegos penetrar la ciudad de Troya  y destruirla. Según Virgilio, los danaos griegos permanecieron como una fórmula que expresa un regalo, un don, que parece beneficioso, pero que perjudica al destinatario: Timeo danaos, et dano ferentes (temo a los griegos aunque traigan regalos). Observa en el regalo no lo que éste es, sino la relación que entabla.

El lenguaje, para Zizek, es un don tan peligroso para la humanidad como lo fue el caballo de Troya, se nos otorga, nos lo regalan, pero una vez que lo aceptamos nos coloniza. El lenguaje se presenta como un regalo, como un don, como algo neutral, sin embargo nos ata, nos une, nos relaciona. Zizek lo compara con un regalo entre enamorados: un peluche, un corazón de chocolate, un regalo tan inútil, dice Zizek, pero que constituye una simbolización, una relación, una deuda entre el enamorado que lo recibe y él que lo da. Y justamente por el hecho de ser inútil nos permite apreciar lo simbólico del regalo.Para Zizek el regalo del lenguaje, en una sociedad, nos presenta un punto paradójico, pues mediante la palabra ejercemos nuestra libertad (lo propio del ser humano es su libertad, señala Kant y años más tarde lo repite Hannah Arendt), pero ejercer nuestra libertad, hablar, solo nos remite a fingir querer elegir libremente, cuando no es así, pues estamos condicionados por el lenguaje que nos habita, nos coloniza. No podemos decir algo más allá del lenguaje.

El filósofo francés Derrida decía: “tengo una lengua y no es la mía”. Es decir que tenemos una lengua pero no es la nuestra. En nuestro caso el castellano es nuestra lengua, ejercemos nuestra libertad en el ejercicio de la palabra, pero esta palabra no es nuestra, nos fue dada, nos fue regalado, y a la vez, es esta condición de regalo, de danaos griego, lo que nos ata, nos relaciona, nos condiciona. No es posible expulsar a los poetas como pretendía Platón, pues la poesía está en nuestra lengua y nos habita. Sólo podemos decir lo que la lengua nos permite.

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