Columnistas

Sobre el ‘Regreso del idioma materno’

No se enseña la propia lengua, sino se la adquiere y se vive con ella. Se enseñan, eso sí, otras lenguas

La Razón / Wálter Navia Romero

00:44 / 25 de octubre de 2012

De lo que trata el interesante artículo Regreso al aimara, de Félix Layme (La Razón, 09/10/2012) no es de un regreso de lo que no se perdió, sino una defensa valiente del aimara como lengua materna. Tres afirmaciones importantes: se produjo un fenómeno de “alienación cultural”, cuando un decreto de Huayna Kapak casi hace desaparecer el aimara; “sólo a partir de la lengua materna uno puede ser creativo y genuino”; y “Únicamente en el idioma materno uno puede manifestar libremente lo que siente y piensa. Por eso se debe enseñar a un niño en la lengua que comprende”.

En efecto, la más extrema de las colonizaciones es quitarle a una cultura su ajayu, su alma, es decir, su lengua. Los quechuas tuvieron éxito en esta colonización en buena parte de la actual Bolivia. Este dato nos mueve a una reflexión. Después de más de cinco siglos de la invasión quechua, ¿es pertinente establecer una política descolonizadora respecto a la lengua quechua, si hemos de ser radicalmente descolonizadores? Si la respuesta es afirmativa, caemos en el absurdo de que deja de ser parte de la realidad histórica de Bolivia el mundo cultural quechua, con sus kallahuayas de Charasani y los sicuris de Italaque. Bolivia andina es aymara y quechua. Igual sería un absurdo histórico si quisiéramos estigmatizar al castellano boliviano como lo colonizador de la Bolivia actual.

En cuanto a lo segundo, al comienzo del milenio, ya no se puede defender que la lengua sea una mera competencia del niño y del adulto. A los cinco años, el niño aimara internaliza la completa estructura de su lengua. Pero este fenómeno es concomitante con el proceso fundamental de la relación lengua, ser humano y cultura. El niño aimara no sólo adquiere una lengua por un proceso de aprendizaje, sino que al nacer, cae, aterriza, a una lengua y, más exactamente, a un dialecto de su lengua. Primera experiencia fundante de ser humano: cuando se inicia el proceso de internalización de su dialecto, el niño se hace humano (Freud, Lacan, Vigotsky, Leontiev, los filósofos de la hermenéutica, etc.). No sólo eso, sumergido en su lengua “como los peces en el agua”, el niño aimara ingresa a su mundo cultural, donde se establece qué se ha de comer y qué no, qué se ha de valorar y qué no, cómo se abre la significatividad de su mundo circundante biológico (pachamama) e imaginario. Se inicia así el proceso de educación en el lenguaje del niño aimara sin escuela.

Pero esto no es suficiente, es indispensable reflexionar que, por lo anteriormente dicho, no se “enseña” la propia lengua, sino se la adquiere y se vive con ella. Se enseñan, eso sí, otras lenguas. Estoy totalmente de acuerdo con Layme en que la educación en el lenguaje supone que “sólo en la lengua se puede ser creativo y genuino”; es decir, que un proceso de perfeccionamiento en el uso creativo y genuino de su lengua es también el proceso fundamental de perfeccionamiento de ser humano como tal, en este caso, del aimara como aimara.

Más aún, un uso genuino de la lengua es el requisito para establecer un diálogo fecundo y responsable entre los miembros de una misma cultura y con los seres humanos de otras culturas.

¿Se deben aplicar metodologías de la enseñanza-aprendizaje de otras lenguas al proceso y a la acción de la educación en la lengua materna? Por lo expuesto anteriormente, sería un descomunal error pedagógico el pretender aplicar técnicas de entrenamiento en segunda lengua a la educación en la lengua materna que, en pocas palabras, consiste en vivir la experiencia del perfeccionamiento en su propia lengua, en este caso, en el aimara, sobre todo en los niveles de lectura, escritura y formación en el diálogo real.

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