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Reinado maldito

Roberto Suárez Gómez, ‘El Rey’, conocía mucho de la política y sobre los políticos de nuestro país

La Razón / Tomás Molina Céspedes

00:00 / 29 de marzo de 2013

A inicios de los 90, desempeñé las funciones de Juez de Vigilancia en el distrito judicial de Cochabamba, cargo que me puso en contacto directo con el mundo sórdido, dramático y difícil de las cárceles, donde la vida transcurre en medio de historias, tragedias y sucesos difíciles de olvidar. Cierto día de 1992, fue trasladado de La Paz a Cochabamba Roberto Suárez Gómez, apodado El Rey, precedido de una fama propia de una estrella del deporte o del cine. Eran tiempos del máximo apogeo del narcotráfico y de la Ley 1008, cuando las cárceles reventaban de presos provenientes de todos los rincones de Bolivia y el mundo. Al poco tiempo, El Rey fue trasladado a una clínica de la ciudad por problemas cardiacos, que fueron justamente la causa de su reubicación en Cochabamba.

Roberto Suárez, que antes de su prisión había prometido pagar la deuda externa de Bolivia, despertaba natural curiosidad en todos. Por razones de mi trabajo, cierta mañana visité en la clínica al famoso preso. Debo confesar que ansiaba conocer a este célebre personaje y bucear, en lo posible, en las profundidades de su alma, para conocer algo de su azarosa vida. Me encontré frente a un hombre amable, sencillo, comunicativo y extremadamente sincero. Un típico oriental. Este ambiente de confianza me permitió hacerle una primera pregunta. “Don Roberto, le dije, usted que es vástago de una de las familias más ricas y tradicionales de Bolivia, descendiente directo del fundador de la Casa Suárez, Rey de la Goma, ¿por qué se ha metido en este sucio negocio? Es comprensible que alguien que se muere de hambre arriesgue su vida y su libertad, pero usted, que fue el ganadero más rico del Beni, ¿por qué se metió en esto?”.

Respondiéndome, dijo: “Por mi amor a Bolivia”; y acto seguido me contó una larga historia que escuché con vivo interés. Después, en encuentros posteriores, hablé largas horas con aquel hombre al que recuerdo como el único preso que me dijo que no era inocente. Una vez a la semana visitaba al famoso penado, y al término de nuestras pláticas, abandonaba la clínica con el corazón sobrecogido y la mente confundida por las terribles historias que me relataba. Hice todas las preguntas que quise y recibí puntual respuesta a todas ellas, El Rey conocía mucho de la política y sobre los políticos de nuestro país.  

Cierto día ponderé los efectos del Decreto del Arrepentimiento, y para mi sorpresa Suárez me dijo que ese decreto les había costado tres millones de dólares. Hablé con Roberto Suárez sobre su participación en el golpe de 1980, de los militares y políticos involucrados en el narcotráfico, de sus vínculos con la mafia colombiana, americana y europea, de sus fiestas y extravagancias, de sus mujeres, de las extorsiones que sufrió, de sus persecuciones, de sus refugios, de su entrega a la Policía, etc., etc. Después de estas conversaciones, mi vida tomó otros rumbos, pasaron los años y cierto día del 2000 me enteré, por la prensa, de la muerte de don Roberto Suárez Gómez, acaecida en Santa Cruz.

¿A qué viene esta reminiscencia? Acabo de leer las memorias de la primera esposa de Roberto Suárez Gómez, libro que contiene muchos de los pasajes que me contó El Rey, aunque enfocados más desde un punto de vista familiar. Con seguridad, dichas memorias fueron escritas con base en apuntes secretos dejados por el famoso preso que conocí.

Han pasado 20 años desde entonces, y la lectura de ese libro me recordó algunos pasajes de pesadilla de aquella monarquía espuria, que encumbró en el poder a mafias del narcotráfico, que agravó la corrupción y que mancilló el honor de Bolivia.       

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