Columnistas

‘Represión’ a la Policía

Nuestro público necesita que le contemos la noticia con equilibrio, una vez más

La Razón / Rubén Atahuichi

02:25 / 28 de febrero de 2012

Cierto, por su naturaleza, la Policía boliviana es una entidad represora, coercitiva y disuasiva del Estado, en su rol constitucional de velar por la “defensa de la sociedad, y la conservación del orden público, y el cumplimiento de las leyes en todo el territorio”. No puede ocurrir lo contrario; es decir, ser golpeada o, en último caso, reprimida. Quizás golpeada por una crisis de institucionalidad, que en este caso data de hace muchos años, que es otro tema.

¿A qué viene esta perorata conceptual? El jueves, decenas de manifestantes con capacidades diferentes, como se les llama, intentaron ingresar en la plaza Murillo en su afán de hacerse escuchar por el Gobierno sobre una serie de demandas, especialmente un bono anual de más de Bs 3.000. La acción, en mi percepción, terminó en enfrentamiento con los policías. Y todo comenzó del otro lado, el contrario a los policías.

Ya no es novedad —hasta en eso se siente un cambio— que civiles golpeen a policías (recuerdo que en 2004, meses después de la crisis que terminó con la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada, hubo una primera protesta callejera en la que los manifestantes se mofaban del contingente uniformado) e incluso lleguen a herirlos. Con la historia fresca de la represión de indígenas del 25 de septiembre de 2011, los policías resultan, pues, vulnerables, sin posibilidad de mayor acción más que resistir el embate con las manos.

Y cuando digo que todo comenzó del otro lado, me refiero a provocación que sufrió del lado de los civiles, provocación que no necesariamente era la protesta, que había sido pacífica a lo largo de los tres meses que duró en la carretera. Los discapacitados (perdón sobre el término) se organizaron para atacar a los policías; llevaban piedras, palos y petardos, que arrojaron y tiraron contra la columna sin medir la eventual reacción de la fuerza coercitiva. Así, la manifestación callejera se convirtió en enfrentamiento: los unos atacaron, los otros se defendieron y luego atacaron también, con golpes y gases lacrimógenos. Sin embargo, la historia no fue contada necesariamente así. Y no es casual.

Claro, la Policía boliviana debió prever métodos pacíficos en la disuasión de la protesta, en respeto a un grupo de manifestantes más vulnerable en relación con otros sectores que suelen hacerle frente a la institución del orden. Su acción fue reprochable desde todo punto de vista, fue una acción contra los derechos humanos. Sin embargo, sin omitir esa actuación, lo sensato debió ser contar la noticia como las imágenes de la televisión mostraron los hechos (si bajáramos el volumen del aparato y vemos la secuencia, es notorio quiénes fueron los violentos en el enfrentamiento).

Decía que no fue casual cómo contaron el incidente el viernes algunos medios, especialmente escritos; el lector lo habrá sopesado bien: “Tras la violencia, discapacitados se radicalizan” (La Razón), “Discapacitados, reprimidos” (La Prensa), “Discapacitados inician una huelga de hambre tras enfrentarse con la Policía” (Página Siete), “Cerco policial propicia otra acción brutal” (El Deber) y “Violencia en marcha de discapacitados” (Los Tiempos). Ante eso, sólo queda pedir sensatez, para no caer en pretensiones innecesarias para el oficio. Nuestro público necesita que le contemos la noticia con equilibrio, una vez más.

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