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Responsabilidad compartida

La crisis del TSE no solo compromete a los vocales, es un problema de responsabilidad compartida

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Ernesto Ichuta Nina

02:11 / 28 de mayo de 2015

Durante los últimos nueve meses hemos venido presenciando un penoso proceso de pérdida de credibilidad del Tribunal Supremo Electoral (TSE), debido al cuestionamiento al cual han sido sometidos sus integrantes. Empero, en el momento del recuento de daños debe considerarse que esa crisis no solo compromete a los vocales, sino que es un problema de responsabilidad compartida.

Ello porque, en primer lugar, la elección de octubre evidenció la inexperiencia de los vocales en temas electorales, pues sus errores tuvieron que ver con detalles básicos como el rótulo de la boleta electoral, la aprobación de un padrón electoral en el que figuraban 20.000 personas fallecidas, hasta el craso error de un fallido sistema de conteo de votos. A tiempo de que en ese entonces las decisiones del TSE fueron cuestionadas y la ausencia de probidad de algunos funcionarios empezó a golpear a la institución, el tribunal se dejó ver como un ente sumamente vulnerable debido a los procedimientos de designación de vocales, que si bien parecían adecuados para un proceso de cambio fundado en un pretencioso proyecto democrático, en términos electorales dichos procedimientos revelaron graves inconvenientes.

En segundo lugar, la elección de marzo desveló la condición de vulnerabilidad del organismo electoral en todos sus niveles, desde los espacios laborales ocupados por allegados a los vocales, hasta los espacios de deliberación, desde donde surgían controversiales resoluciones. Cada decisión pasó a ser cuestionada aun cuando estuviera respaldada por la ley; la aplicación de la norma electoral y la imposición de sanciones fueron criticadas en ese sentido por su carácter diferenciado y permisivo ante el partido de gobierno; la inhabilitación de candidatos fue juzgada como inconstitucional; la cancelación de la personería jurídica de Unidad Demócrata, en el Beni, fue catalogada como un golpe a la democracia; se aseguró la manipulación de los resultados electorales por parte de los tribunales beniano y chuquisaqueño, y de ese modo los jugadores electorales salieron ilesos sin que se revelara su total carencia de cultura de la legalidad que los convertía en jugadores electorales anómicos.

En tercer lugar, el periodo postelectoral desnudó al TSE en su estado de impureza, el cual no solo fue denunciado por los jugadores electorales, sino también por otros actores que entrando a la lid, como un medio de comunicación que no se midió en juzgar las “fechorías” de la “banda de los cuatro”, empezaron a golpear los más de 20 años de institucionalización del organismo electoral. La denuncia de vínculos de cuatro vocales con el partido oficialista, la recusación de una vocal por tal evidencia, la denuncia de prácticas nepotistas, hasta llegar incluso al destape de denuncias de acoso sexual revelaron por fin un claro conflicto de intereses. Ante ello se exigió la reforma del Código Electoral y la renuncia de los vocales, quienes a su vez anunciaron procesos disciplinarios en contra de los inculpados; e incluso Evo Morales cuestionó la tarea de los vocales habiendo sido designado uno de ellos directamente por él.

La dilucidación de ese círculo vicioso confirmó así lo dicho por el reverenciado Dieter Nohlen, artífice de la Corte Electoral, en el sentido de que no existiría la institución política perfecta y que ésta la harían todos los jugadores involucrados. Por tanto, si la institución falla, las responsabilidades son compartidas. Por eso mismo las reformas siempre constituyen una necesidad en la medida en que cada proceso electoral supone una prueba de ensayo y error, debiendo ser aminorado este último efecto. La democracia es, pues, un constante proceso de aprendizaje que lamentablemente encuentra a muchos reacios a aprender.

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