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Resucitando

La resurrección de Jesús me impulsa a reflexionar sobre lo que significa la lucha por cambiar el mundo

La Razón (Edición Impresa) / Julieta Paredes

09:26 / 16 de abril de 2017

La Semana Santa es un tiempo para hacer muchas cosas, desde dormir a pierna suelta… viajar… vacacionar, visitar a la familia, comer rico, y también para crear y leer memes divertidos como uno que encontramos en las redes que reza: “Crucificamos a la única persona que podía convertir el agua en vino… Todo lo hacemos mal. ¡Todo!”.

Ninguna Pascua es tan linda como la mía, diríamos con nuestras hermanas tarijeñas; bueno, quienes venimos de una formación católica vinculada con la teología de la liberación; e incluso aunque hoy tenemos posiciones muy críticas, especialmente ante una jerarquía católica intermedia que no ha aprendido de su maestro, Jesús, ni de su líder, el papa Francisco, la compasión. El Sumo Pontífice está dando muestras claras de este sentimiento, tan humano y tan comunitario, al tratar de entender a las mujeres, que somos sus hermanas; al tratar de ponerse en nuestros zapatos o abarcas; al compadecerse del drama que es para nosotras el aborto, producto de las condiciones históricas y políticas en las que las mujeres nos encontramos.

Quienes recibimos parte de nuestra formación política, cuando muy jóvenes, en las comunidades eclesiales de base aprendimos que la muerte es parte de la vida, que no se puede tener miedo a quienes al matar nuestros cuerpos pretenden matar nuestras organizaciones; o procuran matar nuestro pensamiento revolucionario o hacernos desaparecer del planeta Tierra. ¿Qué podemos hacer? Pues solo reírnos de semejantes pretensiones. La vida es un préstamo de nuestra Pachamama y es un regalo de nuestras mamás. Por lo tanto, aunque muramos, volveremos a nacer.

La resurrección de Jesucristo me hace reflexionar respecto a la hermosa realidad que significa la lucha por cambiar el mundo, por ser coherentes con lo que decimos, con lo que hacemos y con lo que soñamos. A veces somos muy duras con nosotras mismas. Este aspecto de Jesús como ser humano me induce a la reflexión. Ya que al plantearse ser el Mesías, el liberador, se exigió demasiado y se hizo pomada. Lo traicionaron, se burlaron de él, lo lincharon, lo desnudaron, le escupieron y, finalmente, lo crucificaron. ¡Pobrecito!, se debió sentir muy solo y desconsolado. Mi solidaridad con el compañero Jesús. No creo que para difundir las ideas y propuestas de cambiar el mundo y las relaciones de poder haya sido necesario tanto dolor, tanto sufrimiento.

En este proceso de cambios quisiera compartir estas reflexiones con mis hermanas y mis hermanos de los movimientos sociales. Los ataques que nos hacen son producto de la envidia, de la amargura y de la mediocridad de quienes no pudieron hacerlo mejor que nosotras y nosotras cuando tuvieron el poder. Hoy, los mediocres y abusivos se unen para querer crucificarnos. Hace tiempo escribo en las paredes: “Nuestra venganza es ser Felices”, y les recuerdo, con la compañera María Elena Walsch, que: “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí. Sin embargo estoy aquí, resucitando. Gracias doy a la desgracia y a la mano con puñal, porque me mató tan mal, y seguí cantando (…)”.

Es feminista comunitaria.

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