Columnistas

Resurrección de Espinal y Romero

El sacrificio hasta la muerte nunca es el final ni la derrota definitiva. Es parte de la entrega y el amor total.

La Razón (Edición Impresa) / Xavier Albó

00:00 / 31 de marzo de 2013

Este año, al igual que hace 33 años, el aniversario de las muertes martiriales de Lucho Espinal y del obispo Óscar Arnulfo Romero ha vuelto a ser en vísperas de la Semana Santa, en la que se acumulan los grandes signos de “este Dios encarnado en Jesús, que sufre con los que sufren, muere con los que mueren injustamente y que busca con nosotros y para nosotros la vida” (Pagola), la cena, el lavatorio de los pies, la traición de uno de los suyos, la inmolación como un cordero llevado al matadero y —al final— la resurrección en la madrugada del domingo.

Durante aquella Semana Santa era imposible no quedar hondamente impactados, por las semejanzas entre el Vía Crucis de Cristo y el de esos dos cristianos tan coherentes. En el caso de Espinal, lo salieron a buscar también de noche como a un malhechor y lo llevaron literalmente como oveja al matadero, como en el canto de Isaías; un golpe con un fierro le marcó como una cruz en el esternón, le dispararon una ráfaga y, ya muerto, lo dejaron botado en un basural.  

Apenas dos días después pero a miles de kilómetros, en El Salvador, este martirio quedaba ligado con el asesinato del obispo Óscar Arnulfo Romero, en este caso, de un balazo en el corazón en el momento que “San Romero de América” (como le llama Casaldàliga) estaba levantando la hostia durante su misa en la humilde capilla de unas religiosas.

Yo viví la muerte de Espinal a la distancia en Caranavi, donde, en medio de un censo agropecuario de Cipca por las casi 200 comunidades de aquella colonia, nos llegó por radio la infausta noticia. Ahí coincidimos con Adrián Camacho, quien hasta poco antes había sido un cercano colaborador de Lucho en el semanario Aquí. Mientras juntos llorábamos aquella muerte, nos enteramos de la segunda parte: el asesinato de Romero. A los pocos días y a invitación del párroco de Caranavi, presidí y prediqué en la misa solemne de Jueves Santo. Hice la inevitable comparación entre esos dos asesinatos y el de Cristo. Llegó el momento de dar la paz y allá en primera fila estaba nada menos que el comandante del cuartel, junto con las demás autoridades locales. Dudé, ¿acaso puedo darle el abrazo de paz en esas circunstancias? Al final, se lo di, pero añadiendo en voz bien audible: “Nunca usen sus armas en contra del pueblo”. Y al tercer día Cristo resucitó de entre los muertos. El sacrificio hasta la muerte nunca es el final ni la derrota definitiva. Es parte de la entrega y el amor total.

Años antes Lucho ya había escrito en una de sus Oraciones a quemarropa, titulada Cristo glorioso: “¡Qué nos importa la espera! Aceptamos con ilusión la lucha y la muerte porque tú, nuestro amor, no mueres... Enséñanos a vocear tu optimismo por todo el mundo, porque tú enjugarás las lágrimas de los ojos de todos, y para siempre, y la muerte desaparecerá”.

Asimismo, el obispo Romero, en la homilía de su misa aquel mismo 24 de marzo de 1980, minutos antes de su martirio, había dicho: “El Reino ya está misteriosamente presente en nuestra tierra... Esta es la esperanza que nos alienta a los cristianos. Sabemos que todo esfuerzo por mejorar una sociedad, sobre todo cuando está tan metida esa injusticia y el pecado, es un esfuerzo que Dios bendice, que Dios quiere, que Dios exige.”

Creyentes o no, avivemos, llenos de respeto, el fuego y la memoria de este Jesús y de sus más coherentes seguidores.

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