Columnistas

¿Revolución educativa? ¡Las pinzas!

La Razón (Edición Impresa) / Wálter Navia Romero

02:48 / 19 de diciembre de 2014

La proclama de que la Ley de Educación Avelino Siñani-Elizardo Pérez es una superación radical a la reforma educativa de 1998 se expresa con la frase: ¡revolución educativa! La reforma educativa de 1998 fundamentó un cambio radical de perspectiva de la realidad boliviana: la interculturalidad y el plurilingüismo, un salto inmenso respecto al Código de la Educación Boliviana de 1953. La nueva ley tenía que superarla. ¿Cómo? Con otra “revolución”. Con acierto, el nuevo currículo hereda muchos de los aportes de la llamada reforma de 1998, pero, con inesperado descalabro, retrocede a principios del siglo pasado en lo que se refiere a una materia que representa, más que otras, un cambio significativo de la perspectiva educativa: el lenguaje.

Dejaré para otras oportunidades el análisis de aspectos básicos del programa de secundaria. Me referiré a algo que parece trivial, nimio e irrelevante, pero que es significativo de los nuevos tiempos “revolucionarios”: las normativas gramaticales y la “Olimpiada de Ortografía”.

Dejando ahora el contenido gramaticalizante de los programas, las olimpíadas ortográficas, auspiciadas por las academias de la lengua, no indican nada en aspectos fundamentales para evaluar la proficiencia en el uso del lenguaje: lectura, escritura, oralidad. Lo que en el siglo XXI se evalúa responsablemente para detectar el nivel educativo de los países del mundo no es la ortografía, sino la comprensión de la lectura. Según el proyecto PISA de 2013, China ocupa el primer lugar; España, el 54; Bolivia, menos cero. 

¿Qué sucede con la enseñanza de la ortografía en las escuelas de Bolivia? Que se aprenden reglas y ejemplos para aprobar en exámenes. Muchos estudiantes que obtuvieron máxima nota en el examen de ortografía, al escribir un relato o un ensayo, cometen los mejores errores ortográficos. El problema de la ortografía es que nunca ha sido parte del razonamiento de los estudiantes a la hora de escribir. Sin lugar a dudas resaltar la gramática y la ortografía es obsoleto y reaccionario educativamente.

El problema de la ortografía es un asunto central cuando se lo relaciona con la responsabilidad en el uso del lenguaje escrito. Las palabras bien pensadas, los puntos, las comas deben ir en su lugar no por la normativa, sino porque eso exige el mensaje que se escribe.

La ortografía tiene varios aspectos. El uso de las letras se enraíza en una tradición etimológica. Desde un punto de vista lingüístico y grafémico, es irrelevante el uso correcto de las palabras, como bien lo postuló García Márquez. El uso impecable de las letras es un problema sociocultural. El escritor que escribe “ijo” sin “h” es un ignorante, por un lado, y es un rebelde con la normativa de las Academias de la Lengua, por otro; pero éste no es un problema discursivo ni a nivel semántico ni pragmático. En cambio, el uso de comas y puntos es un problema gramatical, semántico y discursivo. Quien piensa bien y tiene un nivel de educación apropiado, sin necesidad de asistir a clases de gramática o de ortografía, sabe dónde colocarlas correctamente gracias a la escuela de las lecturas. Los que defienden lo superficial en la educación en el lenguaje son los académicos de la lengua y, ahora, los revolucionarios reaccionarios. 

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