Columnistas

¿Revolución del 52 intacta?

La Revolución de abril, sus referencias simbólicas e imaginarias, no ha dejado la política

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

02:45 / 08 de abril de 2014

El día de mañana, con toda seguridad, los militantes nostálgicos del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) se concentrarán en las diferentes plazas bolivianas para evocar  los 64 años de aquellas jornadas épicas del 9 de abril de 1952 que dieron inicio al ciclo del Estado nacionalista.Una de las preguntas que seguramente van a emerger en estas concentraciones casi cantando a unísono con Joaquín Sabina será: “¿Quién no ha robado el mes de abril?” A pesar de esas lamentaciones de los movimientistas, aquel hito no tiene parangón en el decurso histórico boliviano del siglo XX de Bolivia, ya que está articulado a la cimentación de las bases ideológicas del imaginario nacionalista.

Intelectuales nacionalistas como Carlos Montenegro reflexionaron en torno a esa relación nación/antinación. La necesidad de consolidar una identidad nacionalista en consonancia al proyecto cultural se gestó en torno al mestizaje que en sí mismo condensó todas las interpelaciones identitarias. Este discurso en torno al mestizaje fue, como diría Javier Sanjinés, un espejismo ya que invisibilizó la diversidad social del abigarramiento de la sociedad boliviana (dixit René Zavaleta).

Este proceso de consolidación de la identidad holística estuvo acompañado, por supuesto, de una narrativa construida en torno a alegorías y héroes que simbolicen precisamente ese sentimiento nacionalista. En este contexto, el dispositivo discursivo del Estado del 52 se concentró en uno de sus principales aditamentos en reconstruir la historia boliviana bajo los signos del nacionalismo. La pérdida del mar se constituyó en un episodio que por su dramatismo histórico se erigió en un referente insoslayable para montar todo ese discurso estatal del 52 sobre el sentimiento nacionalista.  De allí que se excavó la figura de Eduardo Abaroa de los anaqueles de la historia para convertirlo en un referente nacionalista inequívoco articulado a la defensa del litoral boliviano.

Aquellos lineamientos culturales e ideológicos del nacionalismo revolucionario alcanzaron sus límites de interpelación y sus sentidos de referencia se fueron visibilizando a principios de la década de los 90, por ejemplo, con la Marcha Indígena del Oriente boliviano, que pusieron en el debate la necesidad de (re) pensar a la sociedad boliviana en su diversidad y abigarramiento social. De allí que la cuestión del mestizaje se puso en vilo, que se ahondó mucho más en el curso del debate de la Asamblea Constituyente ya que articulaba al mestizaje como parte de la construcción del Estado-nación asociando al mismo tiempo como una continuidad colonial y bajo esa argumentación histórica se ha planteado en el horizonte al Estado Plurinacional como un desemboque descolonizador. Empero, como si fuera carnada de la historia, desde las instituciones gubernamentales del Estado Plurinacional las alegorías que se usan hoy para construir el nuevo orden simbólico es predominantemente nacionalista y republicano en desmedro, por ejemplo, de los íconos indígenas que aluden a la plurinacionalidad, que se  explica, sobre todo, porque está en el imaginario de los bolivianos arraigado un nacionalismo. En suma, la revolución de abril, sus referencias simbólicas e imaginarias, no ha dejado la política boliviana, como dijo Zavaleta: “Mientras haya gentes que invoquen estos términos existen, y aquí existen muchas gentes que invocan esos términos. De manera que resultaría totalmente voluntarista decir que el nacionalismo revolucionario está en extinción”.

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