Columnistas

Revolución naranja II

Una anexión de la región este de Ucrania al poderoso vecino está en el primer renglón del orden del día

La Razón (Edición Impresa) / La H Parlante - Rafael Archondo

01:30 / 03 de marzo de 2014

El método es inteligente. Consiste en acampar en la plaza principal de la capital, allí donde el poder central tiene instalados sus circuitos neurálgicos. La multitud despliega su cotidiano en la explanada, levanta carpas, clava banderas, enciende cocinas y deja fluir lavanderías. En Kiev, Ucrania, el lugar adquirió un nombre propio: la “ciudad de las carpas”.

A medida que pasan las semanas, dicho campamento puede transformarse en un verdadero dolor de cabeza para las fuerzas del orden. Al haberse asentado en un sitio tan visible, cualquier desalojo por la fuerza quedaría milimétricamente registrado por las televisoras internacionales. Desprestigio global seguro. Sin embargo, cada día que transcurre sin intervenir es también uno regalado a la creciente oposición. El carácter constante de este tipo de protesta ha revolucionado los repertorios previos de movilización. Ya no es una hilera de pancartas que camina hacia su desbande inevitable; es la multitud, que se ha quedado a habitar en el patio principal del poder. En 2004, los ucranianos relanzaron este método, acompañados por una gran resonancia mundial. Los egipcios lo aplicaron al pie de la letra en la plaza Tahjir de El Cairo.

Los documentales que registran la sublevación ucraniana de 2004 muestran la llegada ininterrumpida de luchadores provenientes de todas las provincias.

Se alojan en galpones, duermen en el piso y son el relevo constante que restituye las fuerzas de la plaza. Los cargamentos de alimentos y agua no paran de nutrir la movida. Los enemigos a vencer son el gobierno y el invierno, y éste último castiga implacable, obligando a barrer la nieve copiosa y a acopiar leña para encender hogueras. Imagino a los policías abotagados de nervios, sabiendo que podrían tener que desalojar a unos amotinados que se congregan alrededor del fuego.

La Revolución naranja logró anular unas elecciones fraudulentas y abrir las puertas para nuevos comicios. En ellos triunfó el primer presidente ucraniano con la mirada puesta en la Unión Europea: Víktor Yúshchenko, al que, al parecer, los rusos quisieron asesinar, y al que solo lograron desfigurar el rostro.

Este líder de la plaza tomada desencantó a sus seguidores. Postulado a la reelección en 2010, obtuvo un magro 5,4% del voto. Sus distanciamientos de la segunda personalidad de la revolución, la empresaria Yulia Timoshenko, lo colocaron en una esquina marginal.

Diez años después de la Revolución naranja, ésta ha abierto su segundo capítulo. Su principal adversario, otro Víktor, pero esta vez Yanukóvich, quien,  aprovechando la división entre los naranjas, ganó las elecciones de 2010, ha escapado a Rusia. La plaza ocupada ha vuelto a rendir sus frutos, aunque esta vez arrastrando un doloroso saldo mortal: más de 80 muertos. Civiles artillados, muchos de ellos ultra nacionalistas rusófobos, y resortes sociales de respaldo reactivados han provocado la huida del Presidente, autor de la despiadada represión. Aunque está jurídicamente impedida de candidatear, Timoshenko tiene hoy el sartén por el mango. Este año Ucrania podría aproximarse irreversiblemente a la Unión Europea, y ésta podría inaugurar su primera frontera con la Federación Rusa. Sin embargo, ¿qué hacer con ese 30% del electorado que apoyó y protegió al depuesto Yanukóvich? Algunos ya han izado banderas rusas. Una anexión de la región este de Ucrania al poderoso vecino está en el primer renglón del orden del día. Oscuros nubarrones juegan sobre los montes Urales.

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