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Revolución

Las revoluciones, más que direccionar un rumbo, detienen el rumbo que se estaba tomando

La Razón / Farit Rojas Tudela

02:35 / 24 de junio de 2013

La palabra “revolución” era empleada para describir el movimiento cumplido por un cuerpo celeste alrededor de otro. Trata del movimiento en torno a un punto fijo, esto es, a un centro que resulta también el punto de partida para interpretar los movimientos que ocurren tanto en la Tierra como en los cielos. Es claro que el uso de esta palabra se reservó a la Astronomía. En 1543 se publicó De revolutionibus orbium coelestium de Nicholas Copernicus, libro en el que se anuncia la transformación de la comprensión astronómica y cosmológica tradicional, a partir del establecimiento de un movimiento de la Tierra.

Después de este libro, el término revolución se desplaza a otros contextos, para expresar el movimiento de un curso constante imaginado al que se dirige la humanidad. La revolución sería, entonces, el movimiento. Tanto Hegel como Marx encontrarán en la revolución la imagen de un movimiento.

Para Marx, este movimiento era en sí el comunismo: “el movimiento real que deroga el estado actual de las cosas” (La ideología alemana). Lenin, en un enigmático texto denominado Sobre el ascenso a una alta montaña, en el cual evalúa los fracasos de la revolución rusa, señala “los comunistas que no caen en el engaño, que no se dejan vencer por el abatimiento y que conservan la fortaleza y la flexibilidad para volver a empezar desde el principio, una y otra vez, encarando una tarea extremadamente difícil, no están condenados”.

Este movimiento, la revolución, era para Lenin una acción muy similar a un verso de Samuel Becket: “Inténtalo de nuevo. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor” (Esta referencia a Lenin y Becket pertenece a Slavoj Zizek). Lo que importa en la revolución no es el telos (el fin), sino el movimiento mismo.

La revolución, entonces, era algo contrario a la inmovilidad, contraria al modelo Ptolomeico (que situaba a la Tierra como el centro inmóvil del universo). ¿Podría decirse, entonces, que los fracasos de las revoluciones —incluidas las revoluciones ejemplares— son parte del movimiento?

Es también ejemplar la idea de la revolución traicionada, frustrada. Tal vez porque las revoluciones, más que direccionar un rumbo, detienen el rumbo que se estaba tomando. Una y otra vez las revoluciones ejemplares terminan tomando el Estado, y simplemente retoman la maquinaria estatal de otra manera, que no es más que... otra manera. Pero es lógico de que todo es parte del movimiento.

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