Columnistas

Ritual en las calles

Como todo ritual, la ch’alla de las miniaturas inspira respeto y consideración en quien las compra

La Razón / Patricia Vargas

00:00 / 24 de enero de 2013

Una ciudad sin memoria es una ciudad sin esperanzas, afirman algunos teóricos urbanos. Frase acorde con lo que sucede  cada año en la ciudad de La Paz el 24 de enero. Ese día, la urbe es invadida por propios y extraños para llevar a cabo (a las 12 del mediodía) la vieja costumbre de comprar miniaturas con el anhelo de tener bienestar durante el resto del año. Sin embargo, nada tendrá valor si no se cumple con el ritual de la ch’alla, especialmente de los billetes, la canasta familiar o el Hammer soñado. Hecho que suele suceder fuera de cualquier dimensión reflexiva.

No cabe duda que La Paz es una ciudad rodeada de una especie de esfera de rituales que suceden durante todo el año, como si quisieran afirmar que su existencia (por ejemplo, el 24 de enero) forma parte de una especie de rejuvenecimiento constante de las tradiciones. Alasita, carnavales (martes de ch’alla), obras en construcción y otras forman parte de ese universo lleno de cargas simbólicas. Esto apoyado por la creatividad y habilidad de los artesanos, que anualmente presentan nuevos símbolos para homenajear la bonanza.

¿Y qué sucede con ello en la urbe paceña? No muchos ciudadanos pueden sustraerse de ese acto. Una buena parte de la población, el 24 de enero a las 12 del mediodía, hace un paréntesis en su trabajo o en su labor cotidiana; y sale de sus oficinas o domicilios a las calles diez minutos antes de esa hora con cualquier motivo, a fin de coincidir y comprar a la hora exacta de la ch’alla, especialmente los billetes de Alasita.

Hace tiempo, la plaza de San Pedro era el único lugar donde se instalaba la Alasita; mientras que la Catedral y la Basílica de San Francisco eran los centros destinados a la bendición de las miniaturas. Empero, hoy se ha extendido a casi toda la ciudad. Allí y acá se ven, desde las primeras horas de la mañana, mesas en las esquinas de calles y avenidas, especialmente con billetes de Alasita, esperando su venta al mediodía. En ese horario, el espacio público de la calle parece emanciparse para convertir a cada uno de esos pequeños territorios en lugares de ritual. Y ¿por qué ritual? Porque la ch’alla inspira (como todo ritual) respeto y consideración por parte del comprador.

Así, la ciudad toda y una buena parte de su población asiste a esa pequeña ceremonia, reafirmando con ello que, independientemente del valor de la Alasita para la gente, la realidad “del acaecer” en La Paz no sólo forma parte de sus cualidades, sino de sus singularidades. Sin embargo, si bien en muchos aspectos esta ciudad ha adquirido una clara noción de sociedad totalmente urbana, en esos lugares de “ritual callejero” muestra cada 24 de enero una especie de dicotomía, ya que lo preurbano reaparece por minutos.

Cabe aclarar que los acontecimientos que la ciudad produce no buscan ni sentidos profundos ni miradas interiores, sino sólo intentan comprender que el hábito de la compra de miniaturas y el ritual son costumbres que devienen de esta ciudad. Así, la memoria urbana conserva a esos mundos en los que la tradición va acompañada de la imaginación y la fantasía que, en muchos casos, no tienen límites.

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