Columnistas

‘Roma’, de Alfonso Cuarón

Comprender la película como una densa metáfora del México de ayer y el de siempre me es imposible

La Razón (Edición Impresa) / Lourdes Montero *

22:49 / 13 de enero de 2019

Mejor lo digo desde el inicio: no me gusta la película Roma, de Alfonso Cuarón. A pesar de que esperé su estreno, leí emotivos comentarios de cinéfilos respetados y cuestioné mi buen criterio ante un filme laureado con el León y el Globo de Oro, Roma me aburrió tanto como Gravity (2013), la película del mismo autor calificada por la NASA como “la más inexacta sobre el espacio jamás hecha”.

Y para criticar Roma no voy a refugiarme en el inexistente discurso político de clase que algunos reclaman. Creo que incluso eso es lo que menos extraño en el relato. Lo que más me molesta de la película de Cuarón es que no tiene una historia que contar y, a pesar de tener a la mano personajes tan complejos como Cleo o incluso Sofía, se regodea exponiendo sofisticadas estampas de su niñez como si las contara a su psicólogo de cabecera. De los personajes solo tenemos majestuosos retratos impresionistas pintados por Monet.

Su relato está indudablemente escrito con maestría: agradecemos el blanco y negro de la imagen, el buen uso descriptivo de la panorámica, el retorno al plano general para ubicar a los personajes en su entorno, siempre barroco y lleno de simbolismos... pero nada de esto nos ayuda a superar la constatación de que se trata de la exhibición hiperrealista de la aburridísima infancia del director. La paradoja mayor es que Roma, una película magistral en la fotografía y con un trabajo sobresaliente en su fondo sonoro haya sido hecha para Netflix, y con ello, condenada a ser vista en nuestros televisores.

La nana Mixteca apenas habla, o siente. Nunca sabemos de dónde es, o qué aspiraciones tiene. Nunca sabemos qué piensa. Se le ve como a un espíritu que camina por una realidad que le es hostil en todos los sentidos y a la que ni ella ni nadie cuestiona. Y la madre abandonada, otro personaje potente para hablar de su contexto, salta de estados de absoluta dependencia emocional con el marido a, luego de una borrachera, iniciar una vida feliz e independiente.

Es como si el director nos permitiera asomar a su niñez solo a través de un viejo álbum fotográfico que recoge escenas romantizadas de Cleo barriendo el patio, el padre estacionando el automóvil, la villa miseria: hermosa en su pobreza. A los 30 minutos de desarrollado el drama me encontré a mí misma rogando por un conflicto, que alguien muriera, que pasara algo que justifique el pretencioso retrato de la clase media del México de los años 70. Y es que, como algunos sostienen, comprender la película como una densa metáfora del México de ayer y el de siempre me es imposible.

Dos secuencias me resultan sobrecogedoras. El mal parto de Cleo, uno de los momentos más tensos de la trama con una energía intensa provocada por la actuación de personajes reales. Y la escena en la playa en la que en minutos de nerviosismo compartido la nana salva la vida de los niños que no saben nadar. Creo que allí vemos lo mejor de Alfonso Cuarón. No logro explicarme la utilidad narrativa de la fiesta, menos aún del incendio que termina ¿con un hombre cantando? Esto solo lo supera el inverosímil personaje del novio de Cleo que, no pudiendo ser más malo al abandonarla embarazada, resulta ser un paramilitar asesino.

Si queremos un retrato de la clase media mexicana, me quedo con La casa de las Flores. Y disculpen la simpleza, pero en esta serie de humor negro, Manolo Caro utiliza la telenovela como identidad y logra retratar el esfuerzo desmedido de toda familia por guardar una fachada de perfección. En retrato político prefiero La ley de Herodes, dirigida por Luis Estrada, donde la corrupción y el manejo gubernamental son los protagonistas. Otra de mis favoritas es Amores Perros, de Alejandro González Iñárritu. Seguramente en los próximos días tendré que avergonzarme de mis palabras cuando Roma sea premiada con un Oscar.

* es cientista social.

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