Columnistas

De Roma a Nazaret

‘Hay que visitar los cementerios para ver los nombres de tantas personas que se consideraban indispensables’

La Razón (Edición Impresa) / Miguel Castro Arze

02:58 / 30 de diciembre de 2015

La de la Iglesia, oficial, institucionalizada y jerárquica, es una historia milenaria, progresiva y sostenida de desapego de los fundamentos éticos en los que fue edificada en sus orígenes. Así, de comunidad de los pobres y perseguidos (nadie como Jesús para dar testimonio de ello), devino en una corporación apegada siempre al poder, y en ocasiones ella misma se erigió en un imperio, nada celestial, pero sí muy oscuro, sobre todo cuando utilizó su poder para acallar disidencias, castigar herejías y ahogar sueños libertarios.

Confieso que no me uní a la algarabía universal que sobrevino a la elección de Francisco como nuevo papa, mantuve muchas dudas, razonables creo yo, pero la realidad progresivamente las fue diezmando. Enhorabuena, pues los tiempos que vivimos necesitan de referentes éticos que nos muestren que existen otras formas de vivir que no sean las de un abominable y universal mercado donde todo es adquirido por un precio y casi nada reconocido por su verdadero valor. 

“¿Quién soy yo para juzgarlos?”, les lanzó como categórico titular, en pleno vuelo, a unos periodistas cuando le preguntaron sobre qué pensaba de las personas con otras opciones sexuales. En esta frase, tan sencilla pero reveladora, creo encontrar el sentido esencial de lo que podrían ser no solo tenues vientos de renovación, sino transformaciones verdaderamente estructurales en una institución que en todos los tiempos, como ninguna, supo pragmáticamente cambiar para que en esencia nada cambie. Porque desde el momento en que alguien deja de entronizarse como juzgador de los que son distintos, está reconociendo a los demás en su auténtica humanidad y, sobre todo, valorando la diversidad y el derecho a ser diferentes.

Pero Francisco, que combina “fuerza y ternura” (a decir de Leonardo Boff), no deja de sorprendernos tal como lo hizo con su mensaje navideño donde, entre otras joyas, alude al “Alzheimer espiritual” y a la “esquizofrenia existencial” como enfermedades que aquejan a la Iglesia y la alejan de su primigenia misión al lado de los desamparados de todos los tiempos y lugares, para luego, con desparpajo, aconsejar a los soberbios y arrogantes que “hay que visitar los cementerios para ver los nombres de tantas personas que se consideraban inmunes e indispensables”.

Por todo ello, celebro estos atisbos de cambio, pequeños aún frente a un desmesurado statu quo conservador, pero sin duda se trata de certeras bienaventuranzas, de señales inequívocas de que la Iglesia de Francisco se aparta de la pomposa Roma y retoma el camino del legendario Nazaret, donde un día nació, descalza y fugitiva, pero plena de esperanza en un mundo mejor para todos los pobres de la tierra.

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