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Rosaura

Rosaura peregrinó  los campos de concentración y las cárceles en busca de su marido y de sus hijos

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

08:49 / 18 de septiembre de 2016

En 1959, la represión movimientista llegó a su cúspide, un grupo de opositores de la Falange Socialista Boliviana fue devastado. La desaparición de su principal líder, Óscar Unzaga de la Vega, produjo el desbande de sus militantes, y el MNR empezó su resquebrajamiento al desaparecer la imagen aglutinante opositora que los mantenía unidos. Curahuara de Carangas y los lugares inhóspitos del trópico boliviano eran los lugares preferidos por los represores de entonces para mantener a raya a sus incansables opositores, entre ellos el esposo de Rosaura, quien pasó los 12 años del gobierno del MNR en las cárceles, campos de concentración o en el exilio. Cómo muchas mujeres bolivianas que enfrentaban el mismo escenario beligerante de la política, se hizo cargo de sus cuatro hijos, y no desmayó en su intento de rescatar a su marido de la vorágine política, peregrinando por los campos de concentración y las cárceles movimientistas.

Una vez que las fuerzas conservadoras restauraron el viejo orden en 1964, supuestamente la calma debía haber suplantado a la incertidumbre de la rutina diaria. Sin embargo, un Estado frágil, asimétrico y expoliado no era precisamente el ambiente propicio para restaurar las viejas heridas que quedaron del doble sexenio movimientista, que truncó —tempranamente— muchos de sus proyectos, por el envilecimiento que genera el poder. Así, como antecedente del intento del golpe de Estado fallido, estaba el decreto de la estabilización monetaria y el Código Davenport que permitió la incursión de la Gulf  Oil (1956).

En 1967, las guerrillas comandadas por el Che Guevara causaron un repunte en las movilizaciones populares, lo que indujo ideas revolucionarias radicales en las nuevas generaciones. Rosaura sabía que sus hijos simpatizaban con la guerrilla, aunque su esposo, ya alejado del núcleo familiar, era un ferviente seguidor de los valores occidentales. Tales fronteras en las familias se habían recrudecido y las principales víctimas eran las madres bolivianas que debían sobrecargar el doble infortunio de ver a sus hijos en las cárceles y a los padres de éstos de represores. Durante la dictadura banzerista (1971-1978) la paradoja se repitió. Rosaura volvió a peregrinar para intentar rescatar a sus hijos de las cárceles y la tortura, solicitando al mismo tiempo al padre de sus hijos (ahora en las filas represoras) que intercediera para evitar su desaparición. 

En un Estado dictatorial sin libertad de prensa, sin derechos humanos ni Defensor del Pueblo, con los sindicatos prohibidos, solo funciona la ley de la selva. Uno de sus hijos fue encarcelado en el Departamento de Orden Político (DOP), junto a otros jóvenes de un colegio de obreros que se habían manifestado en contra del dictador. Las madres en grupo acudieron al DOP, situado en el edificio donde ahora funciona la Gobernación de La Paz. En un estrecho pasillo se amontonaron todas las señoras que lloraban al unísono, entonces Rosaura se irguió entre la multitud y su voz se escuchó dentro del patio de la cárcel: “No lloren, eso quieren estos desgraciados, vernos sufrir, no lloren, porque nuestros hijos se quebrarán. ¡No lloren carajo!”.

Durante la corta dictadura del coronel Natusch Bush y el MNR, uno de sus hijos fue herido gravemente en medio de una balacera. Le tocó ir a consolarlo al hospital. No lloró delante de él, ya estaba endurecida por el trajín de tantos años de combate entre la vida y la muerte; porque así, hasta nuestros días, se resuelven las contradicciones de Bolivia, un país hermoso y desmesurado en sus pasiones.

En su niñez, durante la Guerra del Chaco (1932-1935), el periódico La Razón, mediante una sirena anunciaba la difusión de la lista de heridos y muertos durante la contienda. Con el corazón arrugado de angustia, Rosaura buscaba el nombre de su padre. Leía en voz alta para todas las mujeres que venían del campo. Le gustaba cantar tangos y valses, tocar la armónica, preparar las fiestas de la familia y bailar hasta la extenuación. Allí fue feliz, pese a todo. Se fue a sus 90 años, era una warmi valiente.

Es artista y antropólogo.

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