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Ruido a domicilio

Lo que se observa es una indiferencia total a los problemas nerviosos que acarrea ese bombardeo sonoro

La Razón / María Luisa Quenallata

00:00 / 10 de marzo de 2013

Desde hace un tiempo la paz de la que medianamente gozaban las familias en sus hogares ha sido anulada por una serie de sonidos     —mejor dicho ruidos— bastante molestos, que agobian sobre todo a las zonas que rodean a la ciudad de La Paz. En el caso del centro de la hoyada, éste vive en un caos habitual alentado por las permanentes trancaderas y marchas con petardos, un problema al que sin embargo los oficinistas y otros están acostumbrados para llegar a sus fuentes laborales. Empero, la tranquilidad anhelada por esta y otra gente en casa, hoy ha quedado en el olvido.

Y sí, a las bocinas de los carros repartidores de gas y los carros basureros lamentablemente se han sumado vendedores de arroz y azúcar en camionetas, y compradores ambulantes de muebles y artículos usados —estos dos últimos con megáfonos—.

A ese panorama hay que añadir el incremento de las fiestas patronales u otros eventos sociales que se organizan cortando calles y con potentes parlantes. También están las juntas vecinales que convocan tanto por la noche como muy temprano por la mañana a reuniones mediante altavoces; las marchas fúnebres que se hacen oír por parlantes para indicar que una persona falleció; alarmas ultrasensibles de coches; vehículos y motos cuyos escapes son muy sonoros, entre otros.

En el caso de los repartidores de gas, se ha hecho costumbre que éstos —quizá porque se hallan amedrentados para vender todas sus garrafas sí o sí— hostiguen a la vecindad con sus bocinas incluso hasta las primeras horas de la noche del sábado.

Así, lo que se observa es una indiferencia total a los problemas nerviosos que acarrea ese bombardeo sonoro, que ocasiona, entre otros, serios sobresaltos a personas de avanzada edad —quienes además ya están afectadas por otras enfermedades— y a bebés y niños que necesitan dormir.

Si bien los decibeles de los negocios en general se hallan regulados por la Alcaldía, las normas existentes son ignoradas casi por completo. Un ejemplo de ello es el incremento de los  locales de fiestas, que actualmente se abren en cualquier lugar y sin tomar en cuenta la tranquilidad de un barrio.

No cabe duda que el gran desafío es cómo lograr una concienciación real en la población sobre el derecho al descanso y la paz que tienen los demás.

Asimismo, se entiende que son muchas las cosas que la municipalidad debe controlar, pero quizá haya que empezar —o continuar con más fuerza, si es el caso— con la educación ciudadana y destinar más recursos a campañas permanentes que creen conciencia.

Esperemos también que desde la escuela, con el nuevo currículo que se aplica desde este año, los niños de hoy —adultos del mañana— hagan suya la frase “el respeto al otro es el respeto a uno mismo”.

Es comunicadora.

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