Columnistas

Ruidos urbanos

No se necesita grandes inversiones, sino, esencialmente, aprovechar lo que nos regala la naturaleza

La Razón / Patricia Vargas

00:48 / 05 de abril de 2012

Recuerdan la última vez que se sintieron satisfechos al caminar (en los días hábiles) por el centro de la ciudad de La Paz, sin haber sentido los ruidos irritantes que hoy lo caracterizan? Las urbes del mundo están saturadas de ellos, que no sólo llegan a estresar, sino también a privar del disfrute de los diversos valores con que cuentan aquellas. Si bien se ha escrito mucho sobre la contaminación acústica de las ciudades, las soluciones no han sido del todo exitosas. Los infinitos estudios que se han elaborado para su mitigación parten desde el desplazar y separar las áreas de circulación peatonal de las vehiculares, hasta mitigar el ruido a través de distintas barreras o contrarrestarlo con otras emisiones sonoras.

El centro paceño presenta una contaminación acústica alarmante, cuyo sobredimensionamiento nace de la actividad humana. Esto obtenido esencialmente por el ruido que produce el parque automotor —tan concentrado en ese sitio—; el hábito desmedido del uso de la bocina; algunos voceadores de los minibuses; los gritos y megáfonos de los marchistas que lo invaden casi diariamente y otras fuentes como son el ruido de las alarmas de autos y demás.

Sabemos que todo ello es un problema de la ciudad contemporánea, lo cual motiva a la buena disposición para entenderla en toda su complejidad. Empero, no cabe duda que existen repercusiones en la vida de la sociedad por los impactos en la salud y la molestia que generan. ¿Pero cómo resistir a esa realidad? En primera instancia buscando reducir el uso desmedido y agresivo de las bocinas.

Si bien ello debe ser el resultado de estudios realizados por expertos, la urbe puede colaborar a contrarrestar aquello proyectando lugares protegidos de los ruidos externos, como son los espacios del silencio. ¿Y qué significa ese concepto en este caso? La completa ausencia de toda vibración mecánica. Ejemplo de ello son el valle de Las Ánimas. Ese hermoso lugar que requiere ser habilitado, en su ingreso, de una forma cualificada y promovido para el disfrute del relajante paisaje.

En cambio los nuevos lugares (como ya se describió en el anterior artículo) debieran estar planeados específicamente para el ocio, la recreación y las caminatas (arborización), y estar ubicados en los terrenos que —por problemas de suelos— hoy se encuentran libres y deberían ser reutilizados. Para ello no se necesita grandes inversiones económicas sino, esencialmente, aprovechar lo que nos regala la naturaleza.

Cabe remarcar que en algunas ciudades del planeta, por ejemplo, en Estados Unidos, se vende —según escritos— el silencio como reclamo esencialmente turístico por el exceso de contaminación acústica.  Si bien ello está fuera de lo normal, nuevos conceptos promueven (en las metrópolis) trabajar hoy el ruido como algo que podría ser aprovechado positivamente.

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