Columnistas

La Rusia de Putin

Putin ha recuperado el orgullo nacional ruso y ha equilibrado la arrogancia que aspira a regir el planeta

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

03:09 / 12 de octubre de 2013

Luego de la estridente implosión de la Unión Soviética, en 1989, que destruyó los fundamentos ideológicos y económicos de la superpotencia, sus ambiciones geopolíticas quedaron aniquiladas, dejando en el pueblo ruso un sentimiento de frustración y de humillación, edulcorado por un barniz de libertad individual que no saciaba el apetito postergado de mejorar su nivel de vida. Siguieron gobiernos caóticos que, a través de la privatización de la extensa red de empresas públicas, toleraron el surgimiento de los nuevos oligarcas, que acumularon rápidamente fortunas en base a la corrupción, al gansterismo organizado y al favor político retribuido ilícitamente.

Tuvo que llegar el año 2000 para que aparezca el “hombre providencial” que pudiera poner orden en la economía e implantar la coherencia vertical en la política, de manera muy parecida al liderato omnipotente al que los rusos históricamente están habituados. Así comenzó la era de Vladimir Putin, exagente de la Policía secreta  rusa (KGB), elegido democráticamente presidente hasta 2006, cuando se replegó al cargo de Primer Ministro hasta 2012, año en el que regresa a la presidencia por seis años más, aunque no se excluye que en 2018, sea reelecto para un fresco periodo que terminaría en 2024. Un cuarto de siglo, bajo su férula.

Entretanto, los altos precios del petróleo y del gas, más las apreciadas materias primas que posee el rico territorio ruso, fortalecieron su economía y elevaron el nivel de vida de sus habitantes, ampliando, además, una costra de ricos advenedizos que rebalsan su vanidad invirtiendo en bienes raíces, yates y artículos de lujo en las playas occidentales. Esa atmósfera de bienestar permitió a Putin abrir las compuertas del control político y tolerar cierta liberalidad en la prensa y en la sociedad civil. Las últimas elecciones municipales demuestran esa saludable apertura.

En el campo internacional, la reciente crisis en Siria sirvió para catapultar el regreso de Rusia a la primera fila del poder mundial. En efecto, la victoria diplomática que obtuvo el Kremlin al evitar la inminente intervención norteamericana, mediante una astuta negociación en la que Siria reconoce poseer armas químicas, pero acepta destruirlas bajo control internacional, no sólo salvó a Barack Obama de provocar una guerra ignorando al Consejo de Seguridad de la ONU y sin aval de su propio Congreso, sino que además posibilitó otra vía no bélica  para vislumbrar una salida política a ese nefasto pleito  civil. Con esa medida, Putin dejó a Obama y a sus aliados como amateurs en el manejo de las relaciones internacionales. Esa gestión inesperada, pero efectiva, mitigó un tanto la irritación de la Casa Blanca acerca del asilo otorgado por Moscú al exagente de la CIA Edward Snowden, cuyas revelaciones sobre el espionaje cibernético continúan incomodando al Gobierno americano.

En el ámbito interno, el estilo Putin pregona una revolución conservadora de reencuentro con los valores éticos, espirituales y ancestrales a la identidad nacional de su pueblo. Para ello, su aproximación a la Iglesia Ortodoxa y su combate a estilos decadentes que avanzan en Occidente (como el matrimonio homosexual y otros) lo llevan a proclamar que “hemos dejado atrás la ideología soviética y no habrá retorno. Los partidarios de un conservadurismo fundamentalista que idealiza la Rusia de antes de 1917 están tan alejados de la realidad como aquellos que pregonan un liberalismo al estilo occidental”.

Putin ciertamente ha recuperado el orgullo nacional ruso y ha equilibrado, un tanto, la arrogancia unipolar que aspira a regir el planeta.

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