Columnistas

Salteadores de caminos

Estos hechos criminales son producto de una sociedad que se apartó de Dios y no lo puede sustituir

La Razón / José Gramunt de Moragas

00:42 / 25 de julio de 2012

Salteadores de caminos los hubo en todos los tiempos. El último atraco registrado en el camino de La Paz a Apolo, con un muerto y 15 pasajeros heridos, es un penoso saldo demasiado alto para que el hecho pase desapercibido. Las circunstancias de la soledad del lugar, los muchos kilómetros sin un policía, la nocturnidad, la indefensión de las víctimas frente a gente pertrechada con armamento y vehículos más que suficientes para consumar el cruel atentado, y su estratégica huida al otro lado de la frontera con Perú, empeoran la malicia del hecho perpetrado. ¿No habría que pensar también que la vecindad de los cocales y de la explotación irregular del oro merece mayor vigilancia de la Policía?

Un brevísimo análisis de hechos semejantes nos apunta algunos de los variados motivos que conducen a los atracadores: unas veces será tan sólo el saqueo de todo objeto de valor que puedan llevar sus víctimas. A este propósito se añaden otros más retorcidos: el financiamiento de un movimiento subversivo que se magnifica a sí mismo con los aires macabros del terrorista y que se dice destinado al grandioso propósito de voltear la sociedad para instaurar otra, en la que —naturalmente— ellos serían los capitostes. O se harán llamar “guerrilleros”, si se pretende atraer la atención de ciertos sectores sociales soñadores de heroísmos. A fin de cuentas, delincuentes. Hace algunos años, un jefe de la banda guerrillera no tuvo escrúpulo en pegarle un tiro a un camarada hambriento que robó una lata de sardinas.

Hecha esta breve descripción que era un deber recordatorio, el comprensivo lector me permitirá citar otra faceta, desde luego, sublimada, de los románticos salteadores de caminos, gitanos y señoritos, protagonista de amores y odios, trabuco y navajazos. En esta veta se escribieron poemas, se compusieron canciones, se publicaron novelas. Llegado a este punto, es imposible no citar a Próspero Merimée y su novela Carmen, que sirvió de libreto para la conocida ópera de Bizet. ¿Quién no ha tarareado alguna vez alguna de sus estrofas musicales?

Pero los atracos que ahora nos indignan —y que la gente de esas tierras afirma que son frecuentes— no consienten novelitas ni canciones. Son condenables en cualquier momento en que se cometan. Esto me recuerda a quienes, cuando se comenta el alto grado de corrupción que impera en una parte de las entidades del Estado (YPFB, Policía, Justicia...) tratan de excusarlas alegando que otros gobernantes del pasado hicieron lo mismo. ¡Valiente estupidez! Los hechos criminales que comento nos producen dolor e indignación. Nos llevan a emplazar a la justicia prevaricadora, más diligente en perseguir a los políticos que en prevenir y poner los medios para dar un nivel exigible de seguridad a la población.

Todo junto forma un conglomerado de luto. La inseguridad de los caminos, la creciente presencia de peligrosos delincuentes, subproducto de una sociedad que, en palabras del cardenal Julio Terrazas, se apartó de Dios y no lo puede sustituir más que con la muerte.

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