Columnistas

San Juan a sangre y fuego

La motivación de la masacre era impedir que mineros y guerrilleros confluyan en un mismo cauce.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro

00:26 / 03 de julio de 2016

Numerosas organizaciones sindicales, varias personalidades del ámbito cultural y diversas entidades públicas (universidades, ministerios y otras) se han conglomerado para recordar la Masacre de San Juan. Se desarrollarán múltiples acciones conmemorativas para arribar, el próximo año, al medio siglo de los sucesos. Entre ellas: la proyección de filmes documentales (en primer lugar el ya clásico Coraje de un pueblo, de Jorge Sanjinés), coloquios y reflexiones (tanto presenciales como por radio y televisión), concursos literarios y pictóricos, declaraciones patrimoniales del local del Sindicato Minero de Siglo XX y Radio Nacional de Huanuni, nuevas pesquisas en archivos documentales, publicación de libros y un gran etcétera.

¿Cómo se explica la convergencia de inquietudes de tantos organismos y personas en torno a este acontecimiento? ¿Cuáles las principales razones que motivan la iniciativa? De masacres está plagada la historia de nuestro país. Incluso después de San Juan ocurrieron la del Valle en tiempos de la dictadura de Banzer (1974); la de Todos Santos en la precaria apertura democrática (1979); y la de Amayapampa y Capasirca (1996) en el gobierno de Sánchez de Lozada, en plena vigencia del régimen democrático constitucional.

Si las masacres fueron una constante de la violencia estatal de las clases dominantes contra los sectores populares, existe pues la legítima aspiración de que nunca jamás se vuelvan a repetir, bajo ningún motivo ni circunstancia. He ahí una buena razón para rememorar los hechos de la noche “más fría del año” de 1967.

Pero, además, la Masacre de San Juan tiene una connotación peculiar. Fue una de las pocas, o quizá la única ocasión en que se ejecutó una matanza no como resultado de una confrontación directa, sino de manera “preventiva” y “por sorpresa”. Las tropas militares ingresaron a los campamentos mineros subrepticiamente, disparando contra la población indefensa. Eso explica la existencia de mujeres y niños entre las decenas de víctimas (tal vez nunca se llegue a saber exactamente cuántas vidas fueron apagadas aquella terrible noche). Muchos dejaban las fogatas y los cohetillos con algunos tragos adentro, mientras otros se preparaban para ingresar al primer turno de trabajo, en la “primera punta”. La única resistencia desesperada fue la protagonizada por el dirigente Rosendo García Maisman, quien murió en el intento.

Las organizaciones mineras habían convocado a un “ampliado” que debía inaugurarse el día 24, con la intención de poner en vigencia a las perseguidas direcciones de la Federación de Mineros y la Central Obrera Boliviana. Ni más ni menos que eso. Dos historiadores militares dicen tener documentos que demostrarían la existencia de otros planes de grupos radicalizados. ¿Por qué no los muestran? ¿Y hasta cuándo estarán cerrados los archivos castrenses? Aproximarnos a la verdad histórica es otra razón valedera.

Por último, los mineros no ocultaban sus simpatías por la lucha guerrillera que, a esas alturas, se sospechaba podría estar comandada por el Che. Los guerrilleros pagaban con su misma moneda a los militares que en mayo y septiembre de 1965 habían regado a raudales la sangre minera. La motivación de fondo de la nueva masacre era impedir a toda costa que mineros y guerrilleros confluyan en un mismo cauce. No había aún un nexo orgánico entre Ñancahuazú y Catavi-Siglo XX, pero las señales solidarias brotaban incontenibles y terminarían por crearse los puentes necesarios. Por eso Barrientos y sus asesores yanquis se adelantaron. Hay lecciones que aprender, esa es sin duda otra razón importante para reflexionar sobre San Juan.

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