Columnistas

San Plagio en Bolivia

¿Acaso no se obliga un sacerdote a citar autores y/o fuentes en sus escritos o sermones?

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

00:00 / 10 de septiembre de 2014

Ya respiré hondo y conté hasta diez antes de soltar esto: el jesuita Francisco Dardichón cometió plagio al publicar como suyo el contenido de mi libro Arriesgar el pellejo, una biografía del oblato Mauricio Lefèbvre, en un folleto editado por el consorcio Verbo Divino. No se me menciona como autor y se pretende legalizar el delito con una ficha de depósito legal y el ISBN 999051-173-X. Para mayor INRI, se enmascara el plagio con un gerundio: Arriesgando el pellejo. El folleto de Dardichón se vende desde 2006 en [email protected]

Señas: escribí el libro Arriesgar el pellejo en México. Nadie me pagó un centavo por ese trabajo. Envié los originales al oblato Jorge Wavreille en 1983, y Editorial Burillo lo publicó ese mismo año. El rector Pablo Ramos, autor del prólogo, lo presentó en la UMSA el 28 de septiembre de 1983.

Escribí sobre la llegada de Lefèbvre a Llallagua en febrero de 1953, de su solidaridad con mi familia a la muerte de mi amado padre en 1956, de su venturosa conversión revolucionaria y de su ejecución por francotiradores fascistas en el golpe del 21 de agosto de 1971. Esa noticia fue transmitida por los periodistas y locutores que ese día nos atrincheramos en Radio Illimani para llamar a la resistencia popular.

La frase “Arriesgar el pellejo” es del Che, escrita en una carta al iniciar la guerrilla en Ñancahuazú y fue recuperada por Mauricio en un códex a Canadá, el 12 de octubre del 67, dando cuenta del asesinato del jefe guerrillero, tres días antes, por la CIA y sus sardos. En ese informe, Lefèbvre pregunta a sus pares: “¿Cuántos de nosotros, curas biencomidos, podríamos arriesgar el pellejo como el Che por cumplir lo que predicamos?”.

Cuestionamientos: ¿acaso no se obliga un sacerdote a citar autores y/o fuentes en sus escritos o sermones? ¿O Dardichón redactó ese folleto como su testimonio personal?

Más aún, ¿quién protege los derechos de autor en Bolivia? ¿Cómo se sanciona a los plagiadores? La Ley del Libro, se me dirá. Un abogado me comentó en La Paz que “una forma de arreglar estos abusos es tratar con el abusivo”. ¿Para qué? ¿Y si el plagiador dice que busco dinero como “reparación”? —Tienes razón, he visto casos así, me dijo el jurista al repetir la transa de que más vale un mal arreglo que un buen juicio. —Ten cuidado, me aconsejó otro abogado. “Te vas a meter con los jesuitas que son todo el poder en la tierra y en el cielo”. Y yo dije que también en el Vaticano, donde está el jesuita Bergoglio, a quien, dicho sea de paso, le envié una carta el 19 de marzo de 2013 sugiriéndole un gesto de Roma para reivindicar “espinalmente” la dimensión heroica del padre Luis Espinal. Sigo esperando una respuesta papal a mi papel. A propósito de Espinal, otro benemérito del plagio en Bolivia se apropió de mi poema Las espinas de Espinal y lo publicó en un diario paceño el 22 de marzo del año pasado. Insisto: la forma más infame de admirar a un autor es plagiarlo y hacerse rico.

¿Qué le digo, pues, o que le exijo a Dardichón? No tengo la gracia de los que oyen a un pecador confesando su culpa y le conceden el perdón de Dios (¡!) con un sobrador “vete y no plagies más”. El folleto de marras trae la foto del autor de Arriesgando el pellejo con un texto laudatorio: “Francisco Dardichón, familiarmente, Dardi es un jesuita de larga y triple trayectoria: A nivel social (…). A nivel educativo (…) A nivel pastoral (…)”. ¿En qué “a nivel” se insertaría su afición por los plagios que envuelve en gerundios? Es pregunta. 

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