Columnistas

San Romero de América y su contexto

El Papa hizo lo que debieran haber hecho sus predecesores: declarar mártir al obispo Óscar Romero

La Razón (Edición Impresa) / Xavier Albó

00:00 / 15 de febrero de 2015

Ese título se lo dio su colega el obispo y poeta brasileño dom Pedro Casaldàliga. La semana pasada el papa Francisco hizo finalmente lo que ya debieran haber hecho sus predecesores: declarar que el obispo Óscar Arnulfo Romero era mártir, víctima de una bala certera mientras celebraba la misa en la capilla del hospital de la Divina Providencia, el 24 de marzo de 1980, pocos días antes de la Semana Santa, como para resaltar que después de casi 2.000 años sigue repitiéndose lo mismo con los discípulos más cercanos a Cristo.

El día anterior había dicho: “En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”. Años después, estas mismas palabras estaban resonando fuertes una y otra vez desde una cinta grabada instalada en un árbol de la School of the Americas (SOA), donde se entrenaban, entre otros, los militares salvadoreños, gracias a la audacia de unos pacifistas del SOA Watch, que lograron entrar con uniformes militares en la Escuela. El P. Roy Bourgeois pagó su audacia con varios años de cárcel. El SOA Watch buscaba por medios pacíficos, incluida la desobediencia civil, el cierre de esta escuela de dictadores latinoamericanos. Roberto D’Aubuisson, autor intelectual del asesinato de Romero y gestor de sus “escuadrones de la muerte”, fue uno de sus alumnos.

Romero había quedado muy impresionado por el asesinato, en 1977, del sacerdote Rutilio Grande con dos catequistas: uno de 72 y otro de 16 años, emboscados por los escuadrones de la muerte. Rutilio era un amigo muy cercano de Romero, y éste, recién instalado como arzobispo de San Salvador, respondió de inmediato cerrando todas las iglesias el siguiente domingo y convocando a la población a una única misa en la catedral, a la que asistieron 150 sacerdotes y más de 100.000 personas. Al no haberse realizado la investigación solicitada sobre aquel asesinato, Romero ya no participó en ningún acto público con el Gobierno. Sus homilías muy concretas y directas llegaban por radio a todo el país, con gran audiencia. En marzo de 1980 también había dicho “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás”.

En pleno funeral de monseñor Romero, en la plaza de la catedral, explotaron dos bombas en diversas partes de la plaza y la multitud despavorida empezó a correr, lo que provocó unos 40 muertos y 200 heridos, en su mayoría aplastados o asfixiados. Meses después se violó y asesinó a cuatro religiosas norteamericanas. Y en 1989, el Batallón Atlacatl asesinó a los “mártires de la UCA”: seis jesuitas, la cocinera y su hija, cuando estaban durmiendo. En diciembre de 1981 ese mismo batallón había asesinado a cientos de hombres, mujeres y niños campesinos en El Mozote...

Romero es, sin duda, el principal referente. Pero sería pastoralmente muy oportuno que se incorporara en su causa a éstos y otros muchos mártires de la misma época: “San Romero y compañeros, mártires”. El testimonio cristiano de todos ellos tiene otra vertiente nueva. El odium fidei, que los lleva al martirio, proviene con frecuencia de otros que también se llaman cristianos, pero que rechazan de frente las consecuencias éticas y morales de serlo.

Podría incluirse también el martirio de nuestro querido Luis Espinal, ocurrido por motivos muy semejantes solo dos días antes que el de Romero, pero 4.000 kilómetros más al sur.

Es antropólogo lingüista y jesuita.

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