Columnistas

Sanciones contra Putin

Más que el dinero,  la pasión de Putin es el poder ilimitado, junto a un nacionalismo militante

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:01 / 10 de mayo de 2014

Ante la impotencia de poder contener militarmente el avance ruso primero sobre Crimea y ahora hacia la parte oriental de Ucrania, Estados Unidos y sus aliados occidentales han concebido fuertes castigos que golpearán fieramente la economía de la Federación Rusa, con el objetivo final de aislarla del mosaico financiero internacional. Esa modalidad tuvo éxito en la confrontación con Irán, que logró doblegar a los ayatolas para someterlos a observar las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU.

El derecho a veto que goza Rusia en aquel órgano imposibilita promover una decisión legal en su perjuicio. Entonces, quedan otros modos de presión más sutiles y efectivos, con el propósito de forzar a Moscú a desacelerar su intervención en Ucrania, no solamente apelando al boicot contra su comercio exterior —oficial y/o paraestatal— sino también apuntando a los intereses personales de magnates moscovitas próximos al entorno cercano al Presidente ruso, tales como la cancelación de sus visas para entrar a territorio norteamericano, o el congelamiento de sus cuentas bancarias asentadas en Estados Unidos.

Ante la impasividad de Putin, en días recientes, el Departamento del Tesoro estadounidense resolvió investigar su secreta fortuna individual, tratando de averiguar dónde se oculta. Antiguas sospechas recogidas por analistas industriales, opositores y agencias de inteligencia señalan que Putin sería el principal accionista del grupo Gunvor, especializado en el mercado de materias primas. Pese al desmentido de sus ejecutivos, se infiere que el gobernante habría acumulado en ésa y en otras inversiones en Surgutneftegase (incluso en Gazprom) un monto que oscila entre los 40 y los 70 billones de dólares. Al negar esos rumores como infundados, el Kremlin informó que el ingreso anual del Mandatario en 2013 llegó a tan solo 102.000 dólares.

Los servicios de inteligencia en Washington, tan proclives a indagar las motivaciones íntimas de los individuos estudiados, han hurgado el pasado de Putin, desde que éste desempeñaba el cargo de vicealcalde de San Petersburgo, pero en su retrato hablado se denota que la pasión de su vida más que el dinero es el poder ilimitado, junto a un nacionalismo militante. No en vano declaró en alguna ocasión que el peor error histórico fue el desmantelamiento de la Unión Soviética. ¿Con acceso desde hace 15 años a palacios imperiales, veloces aviones, yates y lujosos carros, para qué querría acumular  riqueza para sí mismo? Según la experta del Consejo Nacional de Inteligencia en Rusia, Fiona Hill, “los rusos quieren siempre lo más grande y lo mejor. Es parte de su mística, parte de su imagen”.

Mi experiencia personal de contacto con esa colectividad me induce a concordar con esa percepción. Quizá ese complejo se explique por las privaciones que el pueblo sufrió durante el periodo soviético. Fisgones mediocres añaden a su perfil la debilidad que Putin tiene por lucir relojes caros y ostentosos. Ese detalle, su dedicación a fisicoculturismo, su cinturón negro en karate y su reciente amasiato con una bella joven atleta forman parte de la construcción de su ego. Y como corolario, aparte de pretender ser el más fuerte, el gobernante más longevo, el más rico, ¿no estará en su itinerario aspirar a ser aquel que restaure la estatura imperial de la gran patria rusa, para así convertirse en el hombre más poderoso del planeta?

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